Estalla en España la Guerra Civil y poco tiempo después la Segunda Guerra Mundial, pero México conserva todavía la mayoría de sus encantos, la  Fiesta Brava mexicana su ascenso y consolidación, comienzan a proliferar los avances científicos y tecnológicos y las colecciones de Arte Bravo tienden a engrandecerse.

 

En 1943 Carlos Ruano Llopis realiza una de las obras más importantes de su trayectoria: “Mi Tauromaquia,  un  tratado de la Cultura Taurina que es publicada en el libro que cuidadosamente editó Carcho Peralta. Con ello quedó muy claro quién era el maestro y su trascendencia. En este mismo año el  gran muralista José Clemente Orozco, cuestionado por la presentación de su obra “El Calvario”, declara: “No hay arte religioso ni antirreligioso, ni moral, ni burgués, ni proletario, ni revolucionario, ni antirrevolucionario; sencillamente hay arte o no lo hay”. Estas reflexiones de uno de los tres pilares de la pintura mexicana internacional, no bastaron para que los manipuladores de la cultura oficial, cambiaran su mezquina visión, su posición radical, fundamentalista y excluyente hacia el Arte Bravo. Lo que prácticamente obliga a los pintores taurinos a pintar para sobrevivir, representando escenas para carteles, en donde la anécdota o el hecho histórico, que suceda en la corrida cobran mucho más importancia que la calidad artística de la imagen gráfica, descuidándose  entonces el desarrollo de una expresión plástica, con carácter y representación popular, dándole más fundamentos a los detractores para minimizar el Arte Bravo.

No obstante siguen surgiendo pintores taurinos interesantes, como es el caso del maestro leonés David Rincón Gallardo, naturalista, de paleta educada y dibujo preciso, que inmortalizó anécdotas taurinas de tipo costumbrista, en muchas de las cuales no se apreciaba una faena en el ruedo o en el campo bravo, como aquellos óleos con en los que aparece un chiquillo toreando a un perro con un periódico, ante el cartel pegado en un muro que anuncia la presentación de Manolete en El Toreo o aquel donde un niño “periodiquero” le grita “ole” a su amigo que hace una faena de salón con el papel ante un cartel de Chucho Solórzano. Muchos de estos temas trabajó y además, realizó verdaderos retratos de toros en el campo, destacando perfectamente bien las características morfológicas del encaste de su procedencia.

Durante la década de los cuarenta, Salvador Carreño, con un estilo muy definido pero simplista, es también actor principal de toda esta gran generación de artistas plásticos taurinos. Por otra parte, también llega a México el pintor español Ricardo Marín, que la frescura de su trazo obedece a la gran tradición de hacer apuntes del natural en las plazas de toros y que muchos de ellos le fueron publicados en varios periódicos.

 

1945, ¡terminó la Segunda Guerra Mundial!. La Capital ha cambiado radicalmente su fisonomía, aunque los volcanes aún son un escenario casi cotidiano, la nuevas urbanizaciones, están desplazando al milenario primer cuadro de la ciudad como punto de reunión. Para 1946 la población se ha multiplicado y la metrópoli ha crecido hacia los lados. En la Fiesta Brava mexicana se viven los mejores momentos de la historia, Garza, Silverio, “Armillita”, “El Soldado”, Solórzano y Arruza, escriben páginas de oro con los astados de Piedras Negras, San Mateo, La Punta, La Laguna y  Pastejé. Se inaugura la Monumental Plaza México y al año siguiente se Inaugura el Toreo de Cuatro Caminos. Los pintores taurinos de México viven su auge también.

En la Plaza México es colocado un generoso grupo escultórico de gran dimensión, creado por Alfredo Just, otro artista de Valencia quien instala un taller en la misma plaza y contrata a varios creadores jóvenes mexicanos para la realización de esa colosal obra.

Esta vez la cita de los tres amigos coleccionistas se da en el taller del maestro Ruano Llopis, corre el año de 1950, último en la vida del gran pintor alicantino. Llega a México la T.V. y por enero de este mismo año, en la visita al taller de Filomeno Mata, descubren a un pintor de Torreón, Coahuila, un talentoso artista, hombre de pueblo, que entre otras actividades luchó para ganarse la vida como boxeador, pero que desde niño dibujó y más tarde realiza estudios en el Art Institute de Chicago. Se revela para el Arte Bravo mexicano la obra de Pancho Flores, quien con su dibujo preciso, naturalista y de indiscutible personalidad, comienza a acaparar los espacios impresos, tanto en carteles como en las páginas de los periódicos. También realiza los dibujos de la historieta “Chavalillo”. En cuanto a su pintura, lo que más llama la atención de los coleccionistas, es su habilidad para el retrato y su pincelada ágil y suelta, que expresa un colorido también muy personal. Resalta también su conocimiento de la geometría y la mecánica del toreo, por lo que su obra cobra mayor importancia anecdótica.

 

 Don Pancho Flores disfruta de una vida bohemia sin pretensiones de fama y prestigio por lo que realiza muy pocas exposiciones para promover su talento. Pero a la larga es junto a Ruano Llópis y Antonio Navarrete quien deja más huella en los carteles y toda clase de impresos de Arte Bravo Mexicano.

 

Efraín es uno de los primeros en comprar sus óleos y sus tintas para engrosar más su colección pictórica taurina. Alberto París, el mayor de los tres, ya peina canas y sus hijos se casaron, es el de mayor poder económico y quien tiene las obras mas costosas. Alberto “El Chaparro”, el más romántico y enamoradizo, paradójicamente es el que sigue soltero y se dedica a escribir en el periódico taurino y de espectáculos más importante de la Nación: “El Redondel”. Siendo él quien comenzó primero como coleccionista  de los tres amigos es, sin embargo, el que conserva las obras de mayor antigüedad y con mayor peso histórico.

Para describir musicalmente como se ha ido modificando el ambiente del Centro Histórico, se puede decir, que a principios de siglo la vida en éste mítico lugar se mueve a ritmo del vals, después al de los corridos, más tarde cambia su cadencia a la forma del bolero y  al final de los cuarentas y principios de los cincuentas, descubre el mambo pero rápidamente da un veloz giro al swing. Comienza entonces el inevitable tercer mestizaje, la influencia cultural y política de Estados Unidos se vuelve cada día más avasallante , aunque por las calles todavía hay cilindreros dándole vuelta a la manivela.

Durante esta década la fuerza política de los tres grandes muralistas declina y en 1954, Rufino Tamayo se posiciona en el pináculo de las artes plásticas con una gran exposición en el Salón De La Plástica Mexicana, acaparando el reconocimiento de la nueva clase política y cultural en el poder, a despecho de los  sobrevivientes de la Escuela Mexicana de Pintura. Las legendarias figuras del toreo ya se van de los ruedos y con ellos algunas de las más importantes ganaderías. En el Arte Bravo, los artistas que más fuerza tienen son Pancho Flores y Antonio Navarrete, pero también aparece Luis Solleiro, quien trata de emular al maestro Ruano Llopis, pero con poca suerte por sus evidentes limitaciones técnicas y por no desarrollar una estética propia. Con más autenticidad y mejores resultados artísticos se publican las pinturas de Raúl Bassó, pintor, novillero y subalterno yucateco. Aumenta la colección de Efraín y los dos Albertos.

 

Llueve la tristeza como fina muselina, la pena y la desolación escurre por los cipreses de un panteón de Tacuba y moja también el espíritu alegre de “El Chaparro” empapándolo de melancolía y dolor. Efraín anuda sentimientos, recuerdos y emociones en la garganta y desborda de lágrimas los ojos, al pronunciar entrecortado su discurso de despedida. Murió Alberto París.

   
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Arte bravo mexicano (Primera parte).


 

 

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