Es bueno mirar nuestro entorno y profundizar. Así, por lo menos, será difícil que te sumes al rebaño. Estoy releyendo a Hemingway una vez más, Muerte en la tarde. Como cada vez que lo hago, no me deja de sorprender lo mal que en ese libro habló de Cayetano Ordoñez Niño de la Palma y también, de Domingo Ortega. Entre otras cosas, al primero lo llamó cobarde y al segundo: basto. A los dos los acuso de matar novillos en vez de cuatreños. En su texto el autor perteneciente a la “Generación perdida”, dice que lidiaban “toros jóvenes”. Tampoco me deja de asombrar que Antonio Ordoñez lo haya querido tanto, después de lo que escribió acerca de su padre. A lo que voy, es que si se ve con ojos inquisitivos, la historia de la Tauromaquia, es, y ha sido en gran parte, un relato de fraudes y desengaños.
El cosa se complica si a uno le gusta meterse a desempolvar las crónicas sarcásticas de Carlos León, los textos  implacables de Alfonso Navalón, los artículos precisos de Joaquín Vidal, y de otros más, muy pocos. Escritores con mucha vergüenza torera de la que me declaro lector devoto. Grandes virtuosos, aunque conocidos por la gente del toro –cosa lógica- como “amargados”.
Hace muchos años, el matador Leonardo Manzano, un torero de gran clase y un buen hombre donde los haya,  me dijo que lo que yo pensaba respecto a lo de jugarse la vida cada vez que se pisa la arena, era un ideal. “Eso, no hay ser humano que lo resista” dijo y completó: “al año, hay dos o tres tardes en los que el apoderado, te exige: “hoy sí, con las orejas en la mano o con los pies por delante”. Las demás no.”
Si es así no lo dudo, pero, por mi parte, no cejo, sigo creyendo en los héroes ideales, es decir, los verdaderos. No quiero que se caigan mis columnas angulares. Por eso, siempre admiraré a los que van a Madrid, a matar las corridas de las ganaderías interesantes, no duras, que con toda intención no las llamaré de ese modo, porque el que firma este artículo, piensa que para que el toreo tenga sentido y valor, todas las ganaderías deberían ser duras.
Como un ejemplo de lo que digo, en la memoria guardó como un tesoro la tarde de mayo de 1999,  en El Relicario, la plaza de mi ciudad, en la que se lidió una verdadera corrida de toros, tal vez, la única que ha salido en esa plaza y si no, sin temor a equivocarme, la más armada y la más adulta. Fue un encierro de la vacada de don Hugo García Méndez. Media docena de berrendos, con alto grado de toreabilidad, de pitones retorcidos que fueron matados a estoque por los diestros Leonardo Benítez, Alberto Ortega y Marco Antonio Camacho. Para esos tres matadores, por el recuerdo de aquella tarde, les guardo toda mi devoción.  
El toreo, en la actualidad, casi siempre es un doblaje, una copia. Pero, ya se sabe, lo último que muere es la esperanza y sigo creyendo en Don Quijote. Por esa razón, me llena de gusto una nota leída en Mundotoro, titulada ¿Madruga José Tomás? en la que escriben que durante este invierno está ensayando el toreo y matando toros, cito textual a los del portal taurino: “Y nos consta que de su bolsillo paga religiosamente y a buen precio toros de ganaderías caras y hechuras caras. Nada de probaturas con sobrantes. Toros de categoría para una puesta a punto de categoría”.
Está toreando en invierno y con muchos ímpetus, lo que significa que volverá, ¡ojalá!. Si es que lo hace como el doce de diciembre en la Plaza México, el regreso de don quijote nos devolverá el toreo verdad. Está muy bien, que lidie muy pocas corridas al año, con toros serios y en puntas, ¿para qué más?. Son un dolor de huevos las estadísticas de las figuras que matan decenas de corridas y las de los sinvergüenzas que se anuncian dos y tres veces el mismo día. Aquella tarde, José Tomás puso orden, por lo menos, con los toreros españoles, que en el festejo guadalupano se las vieron con toros-toros. Las cosas como deben ser: los toros con casta y trapío, los toreros honrados y valientes. La sobrevivencia del toreo está en la corrida verdadera. Si eso pasa, el toreo no será más cuestionado y toda la gente del toro dejará de estar bajo sospecha.
   
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