Que haya sido –o siga siendo- modelo exitoso en las pasarelas de la moda, que sea el protagonista en comerciales para Loewe, que siempre esté rodeado de pedazos de señoras, que Armani le haya diseñado un precioso traje de torero bordado con cristales de Swarovski, que además, mi mujer diga que es el Adonis del siglo veintiuno y que mis alumnas no aficionadas a los toros, me cuestionen: “profe, ¿cómo se llama un torero de ojos claros que es guapísimo?”, todo eso, había hecho que el que firma este artículo nunca lo tomara en serio. Aunque el diestro, ya había dado motivos para hacerlo.
El toreo era el arte de crear belleza dominando a un toro en los límites mismos de la vida -o de la muerte, según se vea- hasta que Cayetano Rivera Ordoñez lo convirtió en pasaje de mitología griega. Si es verdad que el matador es el último héroe romántico de nuestro tiempo, la tarde del miércoles en la Feria del Pilar, Cayetano, homéricamente, fundió en su propio ser la belleza de Paris, la nobleza, el valor y la entrega de Héctor y la enjundia y el coraje de Aquiles.
Cayetano se estaba jugando las femorales con un toro de Parladé -que es un juanpedro, pero con sabor- cuando el merengue le soltó tremendo tornillazo bien apuntado, que lo enganchó en el muslo izquierdo zarandeándolo en los pitones, para dejarle un tabaco de tres trayectorias, una de ellas, de veinticinco centímetros de profundidad.
El coleta se levantó de la arena con toda la cara embadurnada de sangre del toro -imagen que de haberla visto Mel Gibson hubiera sido su delicia- y con un hoyo en la taleguilla. Luego, escapando de los brazos de los otros toreros que querían llevarlo a la enfermería, volvió a la zona de fuego con la muleta planchada y se entregó en una tanda de pases con la derecha, todavía más templados que los anteriores. En la taleguilla hasta llegar a la media, la mancha de sangre oscura fue creciendo a toda velocidad, pero el diestro se mantuvo firme con la consecuente preocupación de su cuadrilla, su administración y la de todo mundo.
Después de tan valiente y entregada serie, que además de la osadía del herido, fue clásica en su ejecución, el torero lió la muleta, montó la espada, y atacó a matar, dejando más de medio espadazo en buen sitio, aunque algo tendido. Eso ya es para exaltarlo y mucho, sin embargo, la valía del acontecimiento, lo realmente ponderable de la hazaña, es que todo lo narrado después de la cornada, se llevó a cabo sin recurrir a un solo gesto de dolor con el que quisiera provocar la conmiseración ajena, es decir, que el diestro se aguantó con dos cojones, cara de hombre y una dignidad de héroe griego. Después de la estocada, dio unos pasos, y débil, el rostro color hoja de papel, se entregó en brazos de los hombres de su cuadrilla, que muy prestos lo condujeron en andas y a toda velocidad a la enfermería.
Esta es la parte que los ajenos a la tauromaquia no entienden. El toreo es grandeza, ya lo han dicho egregios escritores taurinos, pero es así, no sólo por que nos lleva a la sublime experiencia estética de un lance lleno de imaginación, de un pase armonioso o de una faena bella en toda su magnitud, sino porque es, también, una gran lección de antropología filosófica.
El toreo sirve, entre otras cosas, para amueblar el espíritu de valores y virtudes. Los valores morales nos ayudan a defender y a crecer nuestra dignidad. Asimismo, son parte de nuestra identidad personal y nos sirven como brújulas que nos orientan en el cambiante y decadente devenir de los tiempos.
Por eso, ves una hazaña como la de Cayetano Rivera Ordoñez y tomas ejemplo de cosas que otros menos afortunados, no son capaces de advertir. Digno, sin una mueca de dolor en el rostro, se acercó al toro y plantándole cara, mientras la taleguilla se manchaba de sangre prieta, corrió la mano una vez y otra, y otra, hasta el remate largo. Cada pase se extendía hasta el infinito por la entereza del hombre que lo estaba ejecutando. Yo mientras tanto, para las faenas a los toros que me embisten en mi propia vida, aprendo que debo ser valiente, estoico y flemático, nada de mariconerías en los problemas de lo cotidiano.
A su vez, orgulloso de mi afición, entiendo que para ser torero, para ser uno de verdad, hay que tener una tabla de valores de categoría héroe mitológico.

 

   
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