A Pepe, que me heredó esta afición gloriosa.
 
Es un recuerdo luminoso. Da brillo a la memoria. Uno recorre el camino en sentido inverso y ahí está la obra, reluciente, magnífica. Me dijeron -los que lo siguen de plaza en plaza- que esta lidia fue muy buena, pero que no es la mejor de José Tomás. El que firma este artículo, la cataloga como sublime.  
Extendió el capote y trazo la primera verónica, perfecta, cargando la suerte -de hecho, la cargó en cada lance y en cada pase- así, nos estaba diciendo que las cosas iban a ir de mística y escolástica, porque él pondría  nuestra alma en contacto con el aspecto divino del toreo y porque la fe estaría por encima de la razón. Lo consiguió, lo místico, con su toreo perfeccionado por la gracia. Lo escolástico, cuando nos demostró que si prevalece la fe, el torero se puede poner en el lugar donde la lógica manda que pase el toro, es decir, la pierna de salida siempre adelante, desviando la trayectoria hiriente del animal.
Verónicas inmaculadas. En la media, recogió al mundo para colgárselo a la cintura. Cuando pegó las gaoneras, no movió un milímetro los pies. Luego, en cada muletazo extendía la magnificencia de su arte. Severidad en los estatuarios. Cumplió con su tauromaquia piedra por piedra, lance a lance, muletazo a muletazo. Toreó con le serenidad de un dios.
José Tomás sublime, José Tomás invicto, José Tomás glorioso. José Tomás navegante, José Tomás sobreviviente, inmóvil en la tempestad, custodio del trigo mecido al viento, vigilante de la espuma que deja cada ola cuando se va, de la luz de luna en altamar. José Tomás perfume de azahares, patio de naranjos, solemnidad de culto milenario.
Los que lo veíamos, estábamos recuperando los referentes. El toreo es un rito, nunca un espectáculo, como lo han convertido los ordinarios, esos que han hecho de él un simulacro, una pantomima.
Pasó su actuación y nos dejó desfondados. Debíamos tanto a nuestra propia afición, que con el toreo de José Tomás nos pusimos a cubrir carencias. Una verónica y comenzaba la tarde, pan reconfortando nuestra hambre, una gaonera y refundábamos nuestra esperanza, un derechazo y sin reservas recuperábamos la fe, un natural y renovábamos votos. En el remate, habíamos reencontrado nuestra vocación de aficionados.
En los medios -sin desgastar el espacio ni maltratar el tiempo- azul marino y oro, faja y corbatín en rojo, canas en el pelo, manifestó el esplendor dorado del otoño, la conmoción del arte, la dolorosa alegría de vivir, la atormentada superioridad que da el ser un aficionado al arte más bello del mundo. A todos nos regaló algo: lágrimas de emoción a unos, alegrías de cielo limpio a otros, pétalos rosas y amarillos a los demás, perezas que deja la belleza cuando nos apabulla. ¡Esta tarde estamos vivos!, nos decíamos. Es que habíamos limpiado  la memoria, limpiamos nuestro corazón y atisbamos la eternidad.
Si alguien me pregunta: “¿La mejor corrida de tu vida?”. Una tarde plácida en Madrid con los toros de Rehuelga. ¿La mejor faena vista en tu existencia?. La del martes, día de la Virgen de Guadalupe en la ciudad de México, a “Brigadista”, aldinegro, cornivuelto, astifino y bien armado. Es que, además, el Príncipe de Galapagar marcó la pauta, mandó escoger un toro adulto de Jaral de Peñas, con mueble en la cabeza, algo que nunca vemos.
La función fue matizada. Por ejemplo, ya nadie se tragó la estocada ventajosa de Pablo Hermoso.  De poco valieron el lance del soldado Ryan y el espadazo atrevido y vulgar de Joselito Adame. Tampoco, sirvió el becerro corniausente que nos quiso recetar El Payo, que luego, no pudo con el berrendo en colorado de Jaral de Peñas. Es que los espadas españoles marcaron la pauta, toros-toros para la corrida Guadalupana. Sumaron puntos la faena de Sergio Flores y los naturales y la estocada de Manzanares. Pero, la faena de liturgia fue la de José Tomás y estuvo a una distancia cósmica de las de los demás.  
Lo del toreo es una afición a coleccionar recuerdos. Benditos aquellos  que me heredaron esta afición hermosa, mi padre y mis abuelos. No, no renunciaré jamás. No la dejaré nunca, por más que refunfuñe y por más pestes que eche. Una faena como la de José Tomás me reconcilia con la vida. A pesar de todas las engañifas, hasta el último día de mi existencia seré aficionado a los toros. ¡Se los juro!. Una tarde como la del martes vale mucho la pena.
   
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