Qué rápido pasa el tiempo, sería la frase hecha más oportuna a decir para la ocasión. Pero no es cierto, el tiempo no pasa tan deprisa como creemos. O dicho de otra manera, en cincuenta años se guarda mucha memoria. En medio siglo caben, entre otras cosas, dieciocho mil doscientos cincuenta amaneceres y seiscientas cincuenta y dos lunas llenas, que si se mira bien, dado el disfrute de su esplendor y su belleza, son pocos.
 
         Soy lo que he podido ser amasado en diez lustros. Soy el punto suspendido en el tiempo cuando mi madre dijo que sí a mi padre. El amor de mis hermanos, su calidez, y sus vínculos, piedras de la misma cantera. Soy la casa de la once. La granja y sus mañanas de cristal recorridas a caballo. Soy la inocencia perdida y el extravío de mi ingenuidad. Soy Tianguistengo, sus montes, sus ríos, la neblina que recorre mis horas de tristeza y el frío que desde niño llevo temblándome en los huesos. Sangre de pastores, alpinistas, poetas, contrabandistas de alcohol, corre por mis venas. Sangre mezclada con la misma sangre si apelamos a la abuela paterna.
 
       Cuántas cosas halladas en el camino: Sábanas limpias, causas dignas, caries, gripas, carreteras, abrazos, espuelas, ramos de claveles, películas, fuentes, libros, besos, despedidas, palabras, promesas cumplidas y promesas rotas, reencuentros. Siempre hay calles cargadas de recuerdos. Cada ciudad que visito la reconozco por su escritor emblemático. Yo, el antiyanqui, me vine a identificar con Ernesto Hemingway. Era lógico, como él, amo las letras, los toros, los encierros, los aguardientes y las mujeres. Le robaré integro el título que se ganó a pulso y al que aspiro en la parte de mi vida que hoy empieza. Me imagino nombrado como él: Don Antonio de la Mancha, de los toros y del vino de España.
 
        No estoy solo. Pasos hacia adelante, pasos para atrás, Marce ha sido una enorme compañera. Soñamos juntos, despertamos juntos. Componemos una historia que ha tocado tierra en veintitrés octubres de fervores mutuos. Marcela es la respuesta esperada. Hay mucho más, pero eso queda entre ella y yo, tenemos nuestras claves y nuestras contraseñas. Josean, Rodrigo y Paco, siempre estoy trenzado a sus voces y a sus manos. Ellos han sido la posibilidad de reintentar la vida. Vigilantes implacables de mis devociones. Ramos de jazmines, alondras, columnas angulares. Mi papá y su gusto por la vida, el me dio la mejor herencia: una afición de gloria. Imperdonable no mencionar a todos y cada uno de ustedes, los que hoy están aquí. Fueron invitados porque para mí son los imprescindibles. Gracias por su presencia generosa y por el codo a codo para escribir conmigo la sencilla y honda novela de mi existencia.
 
      A esta edad, quién no sabe que el dolor nos da apellido. Beti, la gran ausencia. El balance de pérdidas sigue con mis abuelos, Mama Elena mi gran amparadora. A sumar primos, parientes amigos, Gabriel, Pichi, Pati, Silvia, Queco, Leo. Sin embargo, la vida es compensatoria y aunque nadie puede suplirlos, están otros con sus ternuras, su compañía y sus desvelos. Te hacen un lugar junto al fuego, te sirven vino y se quedan contigo a contemplar las llamas. Esta mesa es el más preclaro ejemplo.
 
        Hace algunos días fui a donde la Virgen del Carmen a pedirle un gran regalo para este aniversario. Entonces, tal vez, porque no tengo el corazón muy claro, me costó trabajo aceptar el inoportuno quebranto de la clavícula rota. Al quirófano ingresé el día de mi cumpleaños. A golpes y perdiendo lo ganado admito que no soy tan fuerte ni tan listo ni tan sabio, mucho menos, eso queda muy claro, hábil con la bicicleta de montaña. Estrellando la cabeza y el hombro contra la dura tierra, en medio de la polvareda y el crujido de mis huesos, lo que en verdad se estaba fracturando eran las cadenas. Lo que me dio ese día fue el inmenso don de la humildad. Desde luego, ese es un espléndido regalo.
 
       El concierto de Aranjuez, El morenito y Perhaps love, también Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute vuelven la vida dulce y prodigiosa. Recuerdo mares de verdes y azules despiadados, de espumas suaves y aguas templadas. Recuerdo pasodobles en tardes cegadoramente luminosas, por los morrillos escurre la sangre de los toros. La vista al cielo en el frío de la madrugada, lluvias de estrellas. El amado refugio que es la literatura. Textos, contextos y pretextos y De purísima y oro, la inmensa fortuna de decir. Chipilo, el Veneto mexicano. Esta casa con sus macetas y mis perros, aquí transcurren mis horas y mis días, me guarda del frío en el invierno y me condena a la primavera.
   
       Hay tantas cosas que agradecer casi como el pan, la cama y el vestido. Agradecerlas de por vida. Vamos pues a festejarlo, quédense todos a la fiesta, los que me han acompañado a campo traviesa por los breñales de mis mezquindades y por las veredas de mis benevolencias. Los que con haberme conocido salieron damnificados. Los alegres que saben desenvolver sonrisas, los atascados que me doblaron de la risa. Los que en mi paisaje han sido pino, cascada, hierba mecida al viento. Los que en las tardes calurosas son sombra de árbol, manantial y vaso de limonada. Los de la paz plena. Los de la caritativa paciencia. Los de los grandes amores. Se los pido con el corazón en las manos.| Quédense todos.
 
San Pablo Ahuatempan a 15 de noviembre del año 2008.
   
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