Lo que esta noche sueña Fray Julián Garcés dista un tramo largo de lo que soñó hace ya algún tiempo. La pesadilla que lo empapa en sudor, lo ha llevado al futuro y aloja a unos ángeles que confundidos y sin un plano, se enredan en el trazo de las más recientes cuadras o manzanas de la Puebla que Isabel de Portugal mandó edificar hace cuatrocientos setenta y cinco años. Más allá de las calles centrales, simétricas y alineadas como un tablero de ajedrez, los seres alados no hacen sino crear un sinnúmero de colonias, fraccionamientos y cinturones de miseria en los que se retuercen calles, callejones, avenidas, bulevares y privadas, para formar un gigantesco laberinto abarrotado de gente, principalmente de miembros de una tribu invasora que el religioso desconoce, pero que los nativos ulteriores, asustados llaman chilangos.
 
El Obispo de Tlaxcala, dando vueltas sobre la gran cama apostólica, se mira a sí mismo corriendo de un lado a otro intentando impedir que los hilos de los agrimensores celestes se sigan enredando, pero como en toda buena pesadilla, su brega es vana y la faena mucha. Un desorden de muy pocas décadas, las inmediatas, han dado al traste con los trazos simétricos de cuatro siglos. Entre las brumas del sueño y los afanes de la angustia, el obispo reconoce a los ángeles. Son los mismos que en revelación divina le indicaron el lugar exacto a orillas del río de San Francisco, en el primer intento del lado oriente y luego, al margen del flanco del ocaso, porque a la recién fundada población hubo que trasladarla. A veces, los ángeles también se equivocan y tienen fallos garrafales, como esté de no haber previsto que la ribera del costado de levante se inundaba en tiempo de aguas. Tremendo error que junto con los demás habitantes compartió el primer Corregidor don Hernando de Saavedra, que engolillado el cuello, jubón de terciopelo guinda con remates dorados y espada y daga al cinto, con hidalguía y prosapia señaló en su momento el lugar preciso, o sea, el del asentamiento erróneo. Funcionario al que tal vez, le venga lo de primer corregidor por haber enmendado la suerte a tiempo, al corregir indicando con dedo enérgico y gesto adusto, en segundo turno, ahora, la orilla opuesta como lugar inmejorable para elevar los edificios principales.
 
Es en las tierras pertenecientes al valle de Tlaxcala donde se funda la nueva población, cerca de la ciudad milenaria y sagrada de Cholula, y vecina de las antiguas poblaciones de Calpan, Totimehuacan, Cuauhtinchan, Huaquechula y Tepeaca, en la región que los naturales llamaban Coatlaxcoapan, o sea, traduciendo al buen castellano -que aquí todo es muy castizo- Lugar donde las víboras cambian de piel. Y por cierto, siguieron cambiando hasta nuestros días, ahora por las pieles de Louis Vuitton, los que pueden, y los que no, en la feria del calzado y el vestido que montan los peleteros de León en el sitio que el Prelado no sabe, pero pasados casi cinco siglos se llamará Centro de Convenciones. Inmueble que dio para que el vulgo creara una leyenda más en la tierra de las leyendas, la del enriquecimiento del gobernador Manuel Bartlett al imaginar que en las excavaciones de la reconstrucción se encontraron ollas llenas de doblones de oro. Relato literario de sucesos muy apegado a su forma, es decir, la imaginación, porque en realidad, el mandatario halló el tesoro al meterse a político, la última manera de hacer dinero fácilmente, pues en los tiempos de ese futuro que sueña Su Ilustrísima, ni los empresarios, ni los párrocos, ni los toreros, ni las putas finas, logran hacerlo. Pero estábamos en lo de Coatlaxcoapan, lugar donde se edificó la nueva población ordenada por una reina y trazada por los espíritus celestes creados que mandó Dios en auxilio de un fraile barrigón y bueno, que en esta parte de la narración mal duerme una tremenda pesadilla y que al rato, cuando despierte y eche el pie pa’lante, vestirá de obispo y oro, para abrir los ojos y no enterarse -aún no es tiempo-  de que la realidad supera a los sueños y que la ciudad fundada entre la Villa Rica de la Veracruz y la capital de la Nueva España como lugar de remuda y descanso para los viajeros, a pesar de su belleza sin par, de su arquitectura privilegiada y de ser la ciudad más castellana de América, nunca ocupó un lugar en las preferencias del turismo, porque a nadie le interesó promover los atractivos con que cuenta para invitar a los viajeros a visitarla.
 
La utopía franciscana de la ciudad perfecta, edificada en buenas tierras, con agua abundante y vigilada por ángeles, para que los hidalgos españoles se casaran con las indígenas, no se llevó a cabo. Junto a su noble leyenda creció con ella la corrupción de las Audiencias y convenía más vivir del trabajo ajeno, sobornar a los oidores y comprar títulos nobiliarios, para que bajo las nuevas condiciones se efectuaran los matrimonios con las hijas de los verdaderos nobles peninsulares empobrecidos, que las enviaron en prenda para salvarse de la bancarrota. De ahí, la costumbre de los poblanos de alcurnia, de presentar o, en su caso, inquirir por las cartas credenciales familiares que avalan y franquean las puertas de círculos tremendamente cerrados. De ahí, también, la desesperación de los mestizos por encontrar un vínculo de sangre con la vieja madre España, un ascendiente que les dé nombre. Cuatro siglos más setenta y cinco años después, todavía quieren ser aceptados por los del lado poniente del río, y a toda costa intentan borrar los rastros que los marcan como hijos de Xanenetla, Analco, o La Luz.
 
Llega una tregua en el sueño pastoral. El jerarca disfruta mientras duerme cuando imagina los edificios construidos, casonas, plazas, campanarios uno frente al otro, la catedral bella e imponente, palomas al viento y un sol que cae tras los volcanes cada atardecer. La nueva ciudad se construye con sobriedad y excelente buen gusto. No hay otra población en el continente que tenga una personalidad tan acusada. El petatillo, la cantera, los azulejos y el hierro forjado, le van dando forma. La bizarría y el sentimiento castellano, el fondo. Aquí sí, literalmente, el barroco se metió hasta la cocina y las viandas son recargadas obras de arte. Sin embargo, la crisis onírica se recrudece cuando el canónigo vislumbra la invasión del ejército galo a la población por él fundada, pero no son los horrores de la guerra lo que lo sobresaltan, sino el asombro, porque los poblanos pretenden recibir con cohetones, música de viento y vivas a los militares gabachos y un año después, a un tipo rubio de barba larga y ojos azules, que el obispo no conoce y que se llamará Maximiliano de Habsburgo emperador de México. Esa hospitalidad a los conservadores ofrece una cripta en la catedral para un general llamado Miguel Miramón, después de que en el Cerro de las Campanas, en Querétaro, las carabinas republicanas les parten –al rubio emperador, al general y a uno de sus colegas- su mandarina en gajos.
Luego, el sueño se revuelve en esa vorágine del inconsciente. El sacerdote delira que Puebla es cuna de una revolución de puta madre, que sirve para maldita sea la cosa. Dos millones de muertos y todo queda exactamente igual, sólo cambian las personas en el poder. La pesadilla sigue su curso. Ahora, Su Ilustrísima no entiende lo que ve en el sueño, corren los tiempos en que Puebla se parece a una ciudad gringa que se llama Chicago. Los pistoleros del gobernador Maximino Ávila Camacho decoran el paisaje urbano. Pareciera que Mario Puzzo es el cronista de la ciudad y los portales los escenarios de El Padrino I, II, y III y más episodios si los hubiera. El que sí filmó una película fue el actor norteamericano Denzel Washington, en aquella parte del argumento en que fue necesario mostrar un pedacito de lo mierda e inseguro que es vivir en el Tercer Mundo.
 
Cuando los horrores del sueño del sacerdote van decayendo, entonces aparece la figura del último corregidor, que por cierto, no corrige a quien debiera. Además, sus asesores no le dicen que hay que vaciar por alto y el toro viejo del escándalo tira un gañafonazo prendiendo a la ciudad angélica. Surgen entonces, monstruos y aberraciones oníricas que derivan en incoherencias tales como las narcocemitas, es decir, grandes panes cocidos con harina y agua, rellenos con aguacate, quesillo y complemento de pata de puerco, jamón o milanesa, en los viejos tiempos aderezados con pápalo y al día de hoy, según creencias de las autoridades, con marihuana. Cosa que explica el alterado comportamiento de la sociedad poblana que las consume con verdadero vicio.
 
Por fin, el obispo despierta sobresaltado. La taquicardia altera un corazón que se azota dentro del pecho cuando abre los ojos. El hombre respira hondo y empieza a comprender que todo ha sido un mal sueño. Bebe un sorbo del vaso con agua puesto en la mesilla. Recupera la respiración y mira por la ventana. El valle de Tlaxcala duerme en calma y la primera hora de la madrugada refresca ya. La luna platea nopales, ocotes y magueyeras. Fray Julián Garcés reflexiona mirando el techo. Todo puede quedar en utopías, menos la dignidad y la vergüenza, y esto sólo dependerá de los hombres que día a día la construyan. Ahí sí, no meten el hombro ni los propios ángeles.
   
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