Aún no amanecía cuando cerraron la puerta de la casa en las afueras del pueblo. La neblina vagaba por las calles y el frío escurría en cristales de hielo por las ventanas. Los faroles relucían una luz desolada reflejándose en los charcos, vestigios del aguacero que los arrulló mientras hacían el amor, apoderándose uno del otro entre vendavales de melancolía. Él con la ansiedad de aprenderse el mapa que era el cuerpo de ella y grabárselo bien en las manos, en la boca y la memoria, grabárselo para siempre. Ella, con la resignación prematura que da la soledad de quien se queda.
 
 
Caminaban apurados. Cayetano bajó los ojos, como si en el suelo mojado estuviera el principio de ésta historia, que empezó cuando llegó pueblo y una noche en el burdel se encontró con la ternura de Teresa. Una ternura por demás oportuna, propicia y generosa, y empezó a frecuentarla porque su compañía se volvió imprescindible y porque creyó que los besos eran de verdad. Sin embargo, con el paso del tiempo así se volvieron, entonces se juró no enamorarse de los ojos húmedos que ya no exigieron nada, quiso pensar que solo era costumbre la cotidiana presencia de esa mujer y lo pensó hasta esta última noche en que se enteró que el amor sin compromisos es el que ata con nudos más apretados y tuvo que volver la cara contra la almohada y llorar en silencio.
 
 
Llegaron al portal donde salía el único autobús que alcanzaba ese pueblo. Un hombre cubierto con bufanda y gabán le vendió el boleto. Había unos cuantos pasajeros. Poco antes de las cinco se acercó el chofer, encendió el motor y el despachador dio la orden de partir. Un beso bastó para iniciar la soledad, recargó su cabeza en la ventanilla helada y empezó a extrañarla.
 
 
Teresa, con los ojos más húmedos que de costumbre, volvió a la casa. Con una tristeza que le pesaba en los hombros se sentó en una de las dos sillas de palo junto a la mesa de la cocina. Miraba la taza de café que Cayetano había dejado a medias. Se llevó las manos al rostro y rompió a llorar lágrimas atemperadas que escurrían por su mejilla. A lo lejos, el run run haciéndose lejano del motor era el único ruido de una madrugada oscura y de llovizna. Cada vez se oía más lejano, pero no terminaba. Nunca había advertido que el rumor del camión al alejarse, durara tanto tiempo. 

 

 

 

   
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