Eso además de que el partido del diputado ha producido sus propios monstruos de circo, como el Niño Verde y la Bestia Kawhagi, que se pronuncia Caguachi, que son repugnantes de ver y que a la postre no parecen muy felices, a pesar de sus desplantes. Y es que para desplantes, los leones, que por lo menos rugen.
 
 
Yo, de chico, quería ser domador. Me imaginaba látigo en mano, de esos que hacen mucho ruido cuando uno los chasquea, obligando a los leones a saltar de taburete en taburete y a pasar por el aro de fuego. De chaquetilla roja, pajarita del mismo tono, pantalones de montar y botas federicas. Con un salacot como el de Daktari y goma en el bigote alacranado. Terminada la actuación, como a las diez, me pasaría a retirar a mi remolque, me enfundaría en una bata de seda negra, a la Garcés, y esperaría pacientemente a que acabara la función y llegara a mi puerta, calladita y discreta, la trapecista estrella. Con lo buenísimas que están esas tías. Y las maromas que han de echar.
Nunca de los jamases reuní valor para entrar a la jaula de los leones, y por tanto jamás de los nuncas llegaron el látigo, la chaquetilla, las botas, el salacot, la bata ni la trapecista estrella. El bigote sí, pero como si uno no es domador de a deveras la goma para alacranarlo no viene al caso, encuentro que es poca recompensa para tanto sueño.
¡Ah, pero de haber reunido el valor, de haberlo reunido! Todo eso y más se habría cumplido. Claro que también a estas mismas horas me estaría preguntando sobre mi futuro, en vista de las andanzas del diputado verde que prohibió el uso de animales en los circos, cortando de tajo mis posibilidades de ganarme el sustento honradamente, ejerciendo el antiguo oficio de domador. Porque, vamos a ver, si de antigüedad se trata, hay otros anteriores, que tal vez ejerzan las familiares cercanas del diputado sin que nadie las moleste, salvo quizá algún cliente pasado de kilos, pero eso son gajes de la profesión, como el zarpazo ocasional de un león. Y si de animales infelices se trata,mis leones, mire usted, estarían sanos y gordos, por la sencilla razón de que a nadie le gusta un león flaco. Eso además de que el partido del diputado ha producido sus propios monstruos de circo, como el Niño Verde y la Bestia Kawhagi, que se pronuncia Caguachi, que son repugnantes de ver y que a la postre no parecen muy felices, a pesar de sus desplantes. Y es que para desplantes, los leones, que por lo menos rugen.
En fin, que de haber sido domador, estaría con el problema inmediato de qué hacer con los leones, y con los elefantes y demás bichos, pues ni caben en el remolque ni creo que el diputado los acepte en el jardín de su casa. Con lo que comen. La alternativa pasaría, me parece, por el rastro TIF de fauna silvestre, vendidos a precio de carne molida.
Pobre diputado tan atarantado, que acabó matando lo que quería salvar y no llevó a su palestra ni un miligramo de prestigio o agradecimiento. Yo, como he dicho, de chico quería ser domador.
Ni por un instante me cruzó la cabeza la idea de ser diputado.
   
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