Un toro estoqueado junto a las tablas que dobla y se levanta para ir a morir a los medios. Otro que acomete al caballo y poderoso suscita el tumbo. Encierros imponentes siempre demostrando mucha movilidad y a la vez, gran fijeza. Trapío impecable. Embestidas vibrantes, materia prima de faenas conmovedoras. Si se tuviera que definir en una sola palabra el ánimo que provoca una corrida toros de Tenexac, esa sería:     emoción.
 
En torno a las venerables murallas de piedra que conforman el casco de la hacienda, antiguos esplendores de una edificación muy bien conservada y que ha visto pasar cuatrocientos años de afanes y labores camperas, pasta una torada claramente definida en su tipo, ejemplares muy bellos de lámina, parejos de hechuras y de comportamiento uniforme. Fue la mítica sangre de la ganadería madre Piedras Negras, la simiente con la que gota a gota, cruza a cruza, se inició el camino hacia ese toro ideal con el que hace más de medio siglo soñaba don Sabino Yano Sánchez, fundador de esta casa ganadera. Casta, bravura, poder y trapío eran los atributos que deberían llevar sus toros. Los genes de emotividad, cadencia y lentitud en la embestida que caracterizan a los ejemplares con encaste del Marqués del Saltillo -a los que si se les sabe mandar, van de menos a más terminando completamente entregados a la muleta- aparecen en las acometidas de los productos de la vacada que pace en los potreros de la hacienda. Herencia de caracteres que ha sido conservada intacta, porque sus ejemplares mantienen la codicia y la sensación de peligro hasta el momento mismo de doblar. Los de Tenexac son toros de pecho ancho, hondos de caja, muy cuajados, bajos de agujas que terminan en cabos finos, fuertes de culata, cabezas armoniosas y bien recortadas de forma, chatos de hocico, con arboladuras serias, astifinas y de cepas delgadas, pero sin estar escandalosamente armados, ejemplares armónicos de estampa, ni largos ni cortos y con mucha potencia en el morrillo y los riñones.
 
     Aunque la hacienda de San Pedro Tenexac cuenta con una antigüedad cuatro veces centenaria, la historia en sí de este hierro inicia hace cincuenta y dos años, cuando doña Margarita Bretón Turnbull, recibe la propiedad en herencia de su padre don Justo Bretón y Bretón. Los potreros se convierten en campo bravo durante los años de 1956 y 57, época en la que se traen a sus pastizales, un lote de vacas y un semental procedentes de Atezquilla, hato perteneciente a don Sabino Yano Sánchez, esposo de doña Margarita. Pocos años después, en 1959, se adquieren catorce vacas y un semental de la legendaria Piedras Negras, eliminándose todo el ganado procedente de Atezquilla y este hecho, es realmente el que da categoría al hierro de la “Y” fundida a la “S”, con el que se marcan las crías en Tenexac.
 
     Las primeras camadas van creciendo y don Sabino Yano Sánchez, consciente de que en la exigencia estricta y la selección rigurosa estará el éxito, empieza a tentar las hembras dejando para madres sólo lo que él califica con nota de superior, y escogiendo únicamente aquello que en genotipo y fenotipo se parece al ideal de toro con el que soñaba. Mientras tanto, ilusionado observa como los machos inaugurales que se jugarán llevando en la piel la marca a fuego de la casa van ganando edad en las dehesas,que se pintan muy verdes en el tiempo de aguas, y todo el año son sombreadas por árboles de poca estatura y maderas recias, los que visten los llanos de colores olivo y oro en los duros inviernos tlaxcaltecas.
 
     El hierro y la divisa toman antigüedad siendo registrados en la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia en el año de 1960. Los colores que, a partir de ésta formalidad, ondearán sobre los morrillos predominantemente cárdenos de los “sabinos” son el verde, rojo y negro, listones de un estandarte que será sostenido al sol de la tarde flameando en todo lo alto, para adornar arrancadas de bravura, clase y poder.
 
    Fue en Huamantla, estado de Tlaxcala, donde se vieron cumplidas las primeras ilusiones. Era el día de la Virgen de la Asunción, la de celeste y blanco, que previamente, en “la noche que nadie duerme” es paseada en andas por la fervorosa procesión, transitando sobre una alfombra multicolor de aserrín y flores. Aquella tarde del 15 de agosto de 1963, en la plaza de toros La Taurina se lleva acabo un festejo de feria, lidiándose por primera vez cuatro novillos de Tenexac para Jorge Riveroll y Pedro Julio Jiménez.
 
     Durante el año de 1965, a casi dos décadas de haberse formado la ganadería, se agregan cuatro vacas más de Piedras Negras y once en 1967. Sin embargo, es dos años después, cuando se toma una decisión muy trascendente en la búsqueda del toro idealizado por don Sabino, al incorporar al lote de vientres fundacional, las dos primeras vacas de De Haro y desde 1970 hasta la fecha se ha seguido reforzando el encaste con sementales del mismo hierro. Ese es el año en que procedente del hato de don Manuel de Haro llega “Macharnudo” a los cercados de Tenexac, reproductor extraordinario que fija características físicas y de comportamiento, definiéndose ya muy claramente el tipo y la estampa de toro a criar, emotivo, fino y poderoso, bravo por excelencia y con mucho trapío. Todavía corren goterones de la sangre de “Macharnudo” en las crías que nacen cada año en los potreros de la hacienda.
 
     El momento crucial de comparecer en el escaparate más importante de América, es decir, en la Plaza México, llegó el 12 de junio de 1977, tarde en que se lidiaron seis novillos para Alfredo Gómez El Brillante, Benjamín Magallanes y Mario Escobedo El Regio. Fue en ese mismo año cuando muere don Sabino Yano Sánchez, quedando la ganadería en manos de su esposa, que con su carácter firme y resuelto de siempre, imponiéndose al sufrimiento de la pérdida decide conservarla y junto con su hijo Sabino Yano Bretón, la mantienen fieles al sueño heredado y aprendido del esposo y del padre. Así, continúan sobre la misma línea de bravura y seriedad en sus ejemplares, buscando en cada empadre por los complicados vericuetos de la genética, toros guapos, con un alto grado de toreabilidad y muy emotivos en los tres tercios, para que el toreo no pierda la emoción de peligro latente que siempre debe imperar en el ruedo, y con todo esto, perseverar devotamente en el largo y complicado, pero muy bello camino que es la crianza del ganado bravo.
 
    La plaza de tientas de Tenexac es adusta y sobria. Fue levantada con piedras ancestrales y la adornan austeros y escogidos detalles de cantera. Por fuera del ruedo unos álamos la sombrean meciendo su follaje verde y plata, que contrasta con el luminoso cielo azul. Arriba del redondel posee un palco para los invitados y bajo éste, se encuentra el de los ganaderos, al que, para evitar distracciones y siguiendo el viejo ritual, sólo acceden ellos. La selección –como ya se dijo- siempre se efectúa rigurosamente, lo que ha dado como resultado, al día de hoy, varias reatas que producen toros hermanados en el comportamiento y muy emotivos en la embestida, de gran fijeza, pero con mucha movilidad al toque. Además, son ejemplares que tienen de salida un impresionante tranco. Luego, a la hora en que acometen al caballo lo hacen con inmensa fuerza, entregándose sin reservas y con mucha raza a la pelea en varas. Transmisión y fijeza son sus cualidades definitorias, los toros que salen buenos embisten con claridad y recorrido, humillando mucho y con gran clase.
 
     Los miembros de la familia Yano Bretón viven apasionados por el toro bravo. Cariño, experiencia y conocimientos son aplicados en cada faena campera. Para ellos la vida es la ganadería, son tiempos de esperanza y de ilusión, buscando un toro cada día más apropiado para la lidia moderna, pero sin renunciar a esa emotividad y bravura que no ponen las cosas fáciles y que por eso, en definitiva, dan mucho mayor importancia al oficio y solemnidad al gesto de vestirse de luces en una fiesta que cada día reclama con mayor vehemencia animales emocionantes. Aquí no se siguieron modas, ni se crió para el gusto de ningún empresario en particular y menos, para cumplir los caprichos de alguna figura, sino que se fue fiel al ideal de un toro bravo que todavía cumple con el requisito de cautivar a los públicos. Perdurando lo encastado, la sensación de riesgo es latente durante la lidia, lo que es esencial en la mística antigua y profunda del toreo. Los Tenexac están muy lejos de esos toros pastueños que repiten una y otra vez intrascendentemente. A los de la divisa verde, roja y negra, para mandarlos, primero hay que poderles y eso da mucha verdad a los trasteos de quienes aceptan el reto. Lo hemos podido comprobar en las últimas corridas lidiadas, en las que han salido ejemplares de nota superior que dan excelente materia prima a los buenos toreros.
 
    Por un amor a lo mexicano y gran respeto a las costumbres indígenas, desde los primeros tiempos de esta ganadería es tradición creada por Don Sabino Yano padre, que todos los toros lleven nombres en lengua náhuatl. Dentro del catálogo de los grandes triunfos de la casa está Tlatoani, (Poeta), que fue lidiado por el maestro Rodolfo Rodríguez El Pana, en la plaza La Taurina de la ciudad de Huamantla, Tlaxcala; ejemplar indultado por su bravura, nobleza y claridad, y que protagonizó un tumbo espectacular al legendario picador Zotoluco, quedando plasmada la escena para la posteridad en una fotografía extraordinaria. Posteriormente, hubo otro Tlatoani, un novillo ovacionado en la Plaza México la tarde del 7 de diciembre de 1986, que además, por el brillante juego que dio en el capote y la muleta propició la vuelta al ruedo del ganadero en compañía del espada Manolo Sánchez. Aquella tarde, todo el encierro fue calificado por la crítica taurina en general, como estupendo, de buen estilo, con mucho trapío y bravos a los caballos, además de imponentes y serios, que son adjetivos siempre utilizados por los cronistas cuando se lidian bureles de este hierro. El palmarés de Tenexac cuenta con muchos otros éxitos, por ejemplo, “Yectli”, (Bueno, Virtuoso), lidiado por Javier Escobar El Fraile, el domingo 16 de noviembre de 1986, en la plaza Nuevo Progreso de Guadalajara, toro arrogante, gallardo, de gran bravura, y que embestía de tercio a tercio con un galope alegre, y que en la faena de muleta tuvo mucha clase y siempre se empleó a fondo; los aficionados presentes aquella tarde, además de su gran juego, recuerdan a “Yectli”, porque una vez estoqueado cerca de tablas y ya habiendo doblado, se levantó para ir a morir a los medios, como mueren los grandes toros. Desde luego, la autoridad ordenó la vuelta al ruedo en honor a los restos de tan bravo y noble ejemplar.
 
     Actualmente, esta ganadería es un mundo que tiene reminiscencias de fotografía en color sepia y que la vida pareciera detenida en el tiempo. Con su patio de petatillo y la fuente cantarina al centro, y más allá, en la solemnidad de los potreros verdes, donde los cenzontles cantan desde las nopaleras, las garzas conviven entre los bravos, y los becerros ensayan sus acometidas contra los tordos, se persiste sin tregua en la búsqueda del trapío y del juego excelente de unos toros, que hoy por hoy, los buenos aficionados agradecen. En Tenexac se está al encuentro del toro serio que devuelva a los tendidos la solemne emoción y el profundo respeto que éste provoca, y a la vez un alto grado de toreabilidad con la embestida en derechura, profunda, humillada y fija en la muleta. Aquí, con persistencia y romanticismo se busca el toro de mucho brío y de fondo ilimitado, el que bravamente repite una y otra vez, dando pie a faenas en verdad inolvidables.

 

   
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