I. Introducción.
Ríos multicolores transcurren por los diferentes cauces que confluyen en la plaza. Hay un murmullo de conversaciones en la calle populosa, gritos de vendedores que anuncian carteles, libros, trastos de torear, recuerdos. De los restaurantes próximos al edificio taurino, entran y salen hombres y mujeres departiendo entusiasmados. Tarde de toros. Desde las calles lejanas, en el metro o en el transporte colectivo, uno reconoce a los aficionados y no precisamente por el billete y los puros en la bolsa de la camisa, ni por la bota con vino colgada al hombro, sino por ese aire particular que adquieren los que dejan todo por estar puntuales en su localidad cada vez que el clarín llama a cuadrillas. Llegan temprano, porque para ellos en un día de toros, la ocupación más importante es esencialmente esa, la de asistir a la corrida. Se acercan expectantes e ilusionados, van a la plaza esperando encontrar lo sorprendente, la proeza inolvidable, el acontecimiento que marcará la historia de la Fiesta. A las siete de la noche en Madrid, a las cuatro de la tarde en la ciudad de México o a las tres treinta en Bogotá, los relojes se sincronizan con tremenda puntualidad, para detenerse en ese preciso momento en el que rompa los aires el primer pasodoble y vestidos de luces, o de sombras, solemnes desfilen los toreros. En esos momentos, el mundo se convierte en un espacio circular cerrado y miles de seres con la firme convicción de participar en la obra, asumirán su papel que es al mismo tiempo individual y colectivo. A partir de ese instante y por un poco más de dos horas, dialogando constantemente con los otros personajes situados en la arena, van a examinar la actuación de cada integrante del reparto, incluidos ellos mismos como grupo. Desde todas las perspectivas de la circunferencia juzgarán implacables las condiciones del toro a través del matador, que con sus aciertos y sus errores lo develará, y a la inversa, juzgarán al torero a partir del toro, porque según el comportamiento de la fiera saldrán a la luz el valor, la pericia, los conocimientos y los linderos que delimitan cada uno de estos conceptos en la voluntad y la inteligencia del hombre acicalado como un dios.
¿Cómo afecta el tendido en la fiesta de los toros?. Es una pregunta que mueve a enfocar la tauromaquia contemporánea desde diferentes ángulos. Ese gentío multicolor, a veces, conmovido, feliz y emocionado, y otras, vociferante, cruel y enardecido, casi nunca indiferente, afecta de manera radical el devenir del acontecer taurino. Pero, ¿cómo?. Al respecto nos proponemos reflexionar planteando la relación inmediata y profunda de los espectadores con los otros dos protagonistas. Para ello, partiremos de una hipótesis fundamentada en el teatro griego. Luego, haremos un recorrido por la historia del público taurino. Clasificaremos a los asistentes al tendido. Por último, emitiremos una opinión basada en los propios puntos de vista del modo en que el público interfiere en la Fiesta.
Antes de que empecemos con el presente ensayo, es necesario resaltar el hecho de que al no haber una calificación cuántica para el desempeño de los protagonistas, tan sólo apreciaciones subjetivas, los resultados en cuanto a éxito o fracaso son tomados según responde el público al modo en que fue sacrificado el animal. Matar es un acto prohibido que la concurrencia solamente tolerará si para ello fue respetado el canon taurino con estricto apego. Desde los primeros tiempos ha sido así. El torero tiene la anuencia para estoquear al toro, pero no puede hacerlo como le venga en gana. Durante el seguimiento al protocolo, deberá comportarse con gallardía y serenidad al crear belleza arriesgando su existencia. Correr un peligro tan grande aleja al toreo de cualquier empeño de crueldad. El rito de la lidia no es fúnebre, porque lo valida el triunfo de la vida sobre la muerte. Estas condiciones implícitas, con toda su carga emocional y cultural las asume la concurrencia y por ello, el público forma parte elemental de la fiesta.
 
Estamos dispuestos, la masa murmurante ha ocupado sus localidades y los clarines han partido en dos la tarde. Ha terminado la espera y la travesía del paseíllo ha llegado a la otra orilla. En unos segundos, por la puerta de la gracia y la desgracia, aparecerá el toro. Es momento de desprenderse del muelle que es la tronera y largar trapo.
 
II. El teatro griego, Goya y las corridas de toros.
La similitud entre la tauromaquia y el teatro griego es inmensa desde el hecho mismo que el toreo es una tragedia, porque tiene que morir un ser para que la lidia pueda consumarse. Vamos por pasos. En los principios de la tragedia griega un solo actor enfrentaba al coro, después, Esquilo introdujo un segundo figurante, disminuyó la intervención del coro y le dio un espacio mayor al diálogo. Sófocles es el dramaturgo que introduce al tercer personaje y este número queda como definitivo. En la tauromaquia son tres los actores principales: toro, torero y público. En ese orden, pues como ya lo dijimos, es el comportamiento del toro el que ha de determinar el desempeño del torero. Al mismo tiempo, los espectadores se constituyen en personaje colectivo que interactúa no sólo aprobando manifiestamente con el olé -intervención precisa que acompaña la representación de los otros dos personajes en cada lance y en cada pase bien logrados- o con su desaprobación, pitando a uno u otro de sus compañeros de escena, sino también, con esa auténtica obligación que el aficionado siente de aconsejar al torero: ¡Tócalo!, ¡arrímate!, ¡la muleta en la cara!, ¡ya mátalo!, son ejemplos preclaros entre muchos otros gritos característicos. A veces, el tercer actor se indigna y la furia lo lleva a tomar el papel principal: es el momento en que estalla la bronca. Poseído de su actuación, vocifera, reclama y ejerce su sagrado derecho de arrojar la almohadilla al ruedo. También, lo mueve al protagonismo central, el triunfo clamoroso del matador. Muchos concurrentes saltan a la arena para llevarse en hombros al genio idolatrado. Coreando las loas del ¡torero, torero!, lo cargan y veneran como a un santo al que, a toda costa, hay que arrancarle una reliquia de su vestido. En resumen, pase lo que pase, el tercer personaje sabe muy bien el guión y lo sigue con gran dramatismo y exactitud.
Por otra parte, el haber mencionado al teatro griego nos obliga a hacer notar la similitud que hermana a las dos disciplinas. Según Aristóteles la tragedia posee seis elementos: El argumento (mythos) que en la tauromaquia equivale a la estructuración de la lidia en los actos a ejecutar durante cada uno de los tercios. El segundo elemento es el pensamiento (diánoia) que articula ese argumento y determina la acción; si lo llevamos al ruedo, son las decisiones que debe tomar el diestro según el comportamiento del toro y los avatares de la lidia. El tercero es la elocución (léxis), que en el caso de la corrida se expresa ejecutando con los trastos. El siguiente elemento equipara a las dos artes al catalogarlas como espectáculo, es decir, son una función que exalta el ánimo y los sentimientos. Un componente más es la melopeya, o sea, el arte de producir melodías y en lo que respecta al toreo, no nos referimos exclusivamente al pasodoble que acompaña la faena o irrumpe una vez muerto el toro, sino a esa música callada de la que un día nos percatamos gracias a José Bergamín. Finalmente, el sexto punto y el más importante para este trabajo, son los caracteres (ethe) que se hacen patentes en las preferencias, actos y decisiones de los personajes. Son las predilecciones del tercer actor las que determinan el uso, la costumbre y la moda de lo que acontece en el ruedo.
Debido a estos actos, preferencias y decisiones, el toreo ha evolucionado. La afición burda, rústica y salvaje que pintó Francisco de Goya y Lucientes en su Tauromaquia, es muy distinta a la urbana y sofisticada mayoría que hoy abarrota los tendidos de las plazas de toros. Sus grabados nos sirven como evidencia del toreo atroz del siglo dieciocho. Por ejemplo, en uno de ellos, al centro de la estampa aparecen tres toros y un buey, por el cencerro deducimos que es un cabestro. Asimismo, se observa a un hombre tendido en el suelo entre las patas del tercer morlaco que junto con sus compañeros de manada ya apuntan hacia el gentío abarrotado del lado izquierdo. Impresionante, pero más lo que está pasando en la periferia del aguafuerte, es decir, lo que acontece junto a las tablas. La multitud ocupa el tendido, con todo, se percibe que cualquiera tiene la concesión de bajar al ruedo. En torno a la barrera, notamos la barbarie de un espectáculo por demás sangriento. Entre los hombres apiñados está a la mira que hay varios heridos. De la misma forma, en primer plano, un toreador hace el quite a lo que se aprecia son dos sujetos corneados por un cuarto toro. Al fondo, en brazos llevan a un lastimado más. Esta lámina es el testimonio de un pasatiempo brutal y caótico.
En otro grabado, Goya nos muestra la severidad y violencia del ejercicio de alancear toros. En la escena central, un toro capuchino ha dado cuenta del caballo que yace en el suelo, amparado tras el jaco el caballero clava la lanza al cornúpeta. Por el costado, otro jinete también encaja su lanza, un tercer tipo aparece a pie en medio de la trifulca. Lo espeluznante es que del pitón izquierdo, enganchado por el pecho pende un individuo. Feroz y espantoso debió ser aquel entretenimiento en el que los espectadores asistían a ver morir a los toros y también, a los hombres. Por su precisión y detallado, la colección del sordo de Fuendetodos, además de una serie de obras de arte de gran valor, se han convertido en documentos históricos para los que queremos conocer el toreo del Siglo de las Luces. Por lo tanto, hay que contemplarlas poniendo en juego la mentalidad de la concurrencia de aquella centuria en que la vida era mucho más cruda. En los tiempos actuales, la masa se horroriza cuando la cornada es aparatosa y después de que el torero herido es llevado a la enfermería, el ambiente tiene una sombra y hay pesadumbre en las gradas. Es decir, que aunque la función deba continuar, por esa tarde, se ha echado a perder la fiesta.
 
 
III. Breve y arbitraria historia del tendido.
Apeguémonos exclusivamente a los antecedentes de la corrida como hoy la conocemos. Los primeros espectadores asistían a la plaza pública, instituida por unos días en plaza de toros, a celebrar algún acontecimiento de la realeza. Las bodas de los reyes, el nacimiento o bautizo de los príncipes, los acuerdos de paz, el regreso victorioso de un ejército, o las festividades del santo patrón, entre otras cosas, daban pie a la fiesta taurina. Por ello, los primeros públicos estuvieron conformados por la nobleza, la alta jerarquía eclesiástica, los burgueses y la porción de pueblo que se podía colar. Luego, cuando el toreo fue un entrenamiento militar y los caballeros se ejercitaban junto con sus cabalgaduras alanceando toros, el público fue conformado por las infanterías. Era la tropa la que hacía corro para observar el adiestramiento de la fuerza montada. Después, durante el Renacimiento en España y consumada la conquista en América, los que llenaban los balcones y gradas eran los miembros de la aristocracia, los altos mandos de la iglesia, las autoridades universitarias, los inquisidores, los jefes burócratas, las familias acomodadas y el pueblo, que era invitado con la finalidad de que se diera patente cuenta del estamento, porque en la plaza de toros los lugares reservados para cada estrato dejaban muy en claro la división de las castas y clases sociales. Luego, con la llegada de los borbones al trono español, Felipe V y la nobleza abandonan los cosos. Entonces, el pueblo se apodera del ruedo y de los tendidos. La plebe pasa a ser protagonista, profesional y hasta héroe, con lo que poco a poco la corrida se va constituyendo en lo que es hoy. Con el personaje popular se configura, a su vez, el triunfo del toreo a pie. Aunque los de alcurnia nunca se van del todo -algunos siguen practicando el toreo caballeresco en la discreción de sus cortijos- son los escritores extranjeros los que devuelven a las clases acomodadas a las plazas. Con Próspero Merimé y Carmen; El Torero, de la Duquesa de Abrantes y Militona, de Teófilo Gautier, toreadores, chulos, bandoleros, gitanos y flamencos se ponen de moda y es extravagante para la aristocracia llevar esa vida. Otra vez los nobles vuelven a los tendidos, por su parte, el pueblo nunca ha dejado de asistir.
Es hacia el final del siglo dieciocho cuando Pepe Hillo se percata de la feliz respuesta del público ante el adorno. Por ello, se autoimpone la norma del lucimiento sobre la de la efectividad. Divertir a la multitud en todo momento se vuelve su consigna. Al cierre de la centuria se está gestando el cambio, si a los primeros asistentes les entretenía la violencia del juego del toro, a los que siguen, les interesa más el lucimiento del diestro. El tercer personaje está imponiendo su preferencia y a complacerlo se avienen los otros dos. El toreo se ha transformado tanto, que consta una evidente diferencia entre el oficio de la época de Pedro Romero y la lidia posterior. La bronca fenomenal que se armaría en la actualidad si un diestro valiente, hábil y certero sale después de banderillas a dar dos mantazos y se tira a matar, como acontecía en aquellos tiempos en que los maestros eran admirados y aplaudidos por la rapidez con la que despachaban al toro. Simple comparación antagónica con el quehacer de El Juli o de Enrique Ponce, que por decir algo, en la Plaza México han logrado faenas de más de cien pases y al momento de atacar con la espada han pinchado, falla que no obsta para que los presentes, complacidos y felices, soliciten las orejas.
El toreo, como todo arte, está en constante evolución. Aunque sólo se perciben los cambios más drásticos, la mutación es lenta pero constante. Al nombrar a algunos de los grandes matadores de la historia, no estamos diciendo que el resto no haya influido en el desarrollo. En este trabajo mencionamos a los que a nuestro juicio, hicieron la transformación más notoria. Recobrando el hilo del discurso, traemos a colación a Francisco Arjona Cúchares que con enorme honestidad intuye que no es un matador clásico y busca otros derroteros. De ahí la frase que se le atribuye: “hay que alegrar la función”. Arjona, aporta el toreo de muleta con la mano derecha, además de procurar la amenidad de las suertes por lo que el público se entusiasma y lo sigue. Cúchares, al comprender que los lances y los pases no están engarzados al único y obsesionante fin de la muerte del toro es el definidor del toreo moderno. Por algo será que, de manera coloquial, al toreo se le llama el Arte de Cúchares.
A la par con el refinamiento que se está dando en las preferencias del público, se acentúan otros fenómenos. A la sazón, la rivalidad. Si ya antes existían piques en el ruedo y por ello, también en el tendido, son Rafael Molina y Salvador Sánchez los que encienden la pasión en las gradas y también, en cafés y bares. Aparecerá con ellos el sufijo “istas” para designar a los seguidores de los diestros más populares de cada época. Dice el historiador don Natalio Rivas: “En aquella época, ya lejana… el público, poseído de enardecimientos fronteros a la locura, luchaba con ardor y discutía sin medida las cualidades y los méritos de los dos ídolos populares: Lagartijo y Frascuelo». El gentío se divide según el diestro de su preferencia y más allá de las discusiones vanas -recordemos que una de las características en la valoración taurina es lo subjetivo- está el hecho de lo que la rivalidad de los toreros da como resultado. El no dejarse ganar las palmas es un detonante en la mejora substancial de la técnica, la búsqueda de lo exquisito en el arte y la supremacía en cuanto al valor.
Entramos al siglo veinte. Por orden de alternativa son Rodolfo Gaona, José Gómez Ortega Joselito y Juan Belmonte, los tres grandes maestros que enseñan a los espectadores las vertientes de la tauromaquia que hasta antes de ellos, eran desconocidas. Ya se sabe que al paso de esta terna por la historia del toreo se le designa como Época de Oro. Los brillos que de ella emanaron sirvieron a su vez, para que los públicos se percataran del pozo de belleza sublime que tenía un arte entreverado con la muerte para poder realizarse. El toreo dejó de ser una diversión para convertirse en un acontecimiento estético que, cumpliendo con un protocolo por parte de los actuantes, apelaba mayormente a la emoción. En esta obra, aunque el primer personaje, o sea el toro, responda a su instinto y a su memoria genética y no a un libreto, con las variantes del caso, también cumple con su parte en el argumento. Volviendo a los tres más grandes, Gaona aporta la exigencia de la técnica depurada y la obsesión por la elegancia en todos los tercios. Con Joselito, la afición empieza a hablar de conceptos como “sabiduría taurina”, “dominador de todos los toros”, “repertorio inagotable” y sobre todo, de “arte depurado”. La gente conoce y ya no olvidará jamás que se puede torear con perfección y desbordando el final de cada serie en redondo con magníficos adornos. Belmonte inicia a los aficionados en el disfrute del toreo con los pies clavados en la arena, ejecutando con la cintura y las muñecas. A pesar de su repertorio más bien corto, lo que El Pasmo de Triana le enseña a la multitud es que el torero puede aportar un acento personal a su modo de desenvolverse, con ello, la afición descubre el estilo. Estos tres soles en un cielo de muchas estrellas son los grandes refinadores del público que acude a los toros. La afición ya no dará marcha a atrás.
Como ya dijimos, la torería, los ganaderos y el público van conceptualizando el devenir del arte del toreo. Hay muchos nombres importantes, sin embargo, insistimos que, de la manera más arbitraria, por razones prácticas daremos un salto hasta Manolete. El hierático Monstruo de Córdoba viene a mostrarle a los espectadores que el toreo, además de una tradición y una fuente generadora de belleza fugaz, es un rito en el que el lidiador se ofrenda durante cada pase por razón del aguante. De más está recalcar el gusto del tendido por el natural y la manoletina. El seis de julio de 1944 se da la famosa faena a “Ratón” de la casa de Pinto Barreiro. El entramado del temple, la solemnidad y la ligazón son recibidos con delirio por los presentes. La afición reconoce que “el cara de santo” ha elevado de categoría a su oficio, la liturgia se ha completado. El toreo que tiene una parte de indudable vocación sagrada -no olvidemos su religiosidad tan imbuida de la doctrina católica, además de la primitiva veneración del hombre hacia la bestia tótem- es el último rito pagano que nos queda. En tal sentido, sumados también los simbolismos, lo artístico y lo festivo, tenemos más puntos que evidencian su similitud con el teatro.
Es un caso muy peculiar el del mexicano Silverio Pérez. El Faraón de Texcoco –así se le conoció en el país del águila y la serpiente- fue un torero que pasaba mucho miedo. Hubo ocasiones en que los días previos a la corrida, fue a confesar y dictó testamento. La gente lo idolatraba por sus derechazos y por el pase de trinchera que lo daba con un sello único. Lo que hoy nos interesa de este gran artista fue que contagiaba su miedo al tendido y junto con ello, la satisfacción titánica de imponerse. El público sentía una gran desazón y conforme avanzaba la faena se iba imponiendo al miedo. Nunca, al rodar el toro, quedó más patente el triunfo de la vida sobre la muerte que con Silverio Pérez. Se daba una catarsis tanto en los espectadores, como en el matador, que habían sufrido juntos el huerto de los olivos. 
Fue hasta los tiempos de Antonio Ordoñez en que los públicos apreciaron cabalmente el concepto de lo profesional en el toreo. El gran rondeño tuvo todo: estética, armonía, valor y señorío. Sin embargo, su característica principal fue el sentido de la responsabilidad. Por su antojo de ponerse persistentemente en el sitio de la verdad, Ordoñez derramó su sangre en muchas ocasiones, las cornadas en un caso como el de él, siempre las dan los toros cuando se ejecuta el toreo verdad. Fue el amo de la verónica, pues largaba trapo de manera honda y sentida. Con la muleta se erigió en el rey de los pases fundamentales. Inolvidable son sus muletazos por alto con la divina gracia de cargar la suerte.
Por último, traeremos a colación a José Tomás. Un torero más místico que reservado, presenta su propuesta: torear menos veces, quizá, la mitad de lo que lo hacen los primeros lugares del escalafón; a final de la temporada haber cobrado lo mismo que si hubiera matado cien o más corridas; entregarse cada tarde como si fuera la última; elegir los toros más propicios a su estilo y diseñar sus temporadas como un estandarte de rebeldía ante las empresas controladoras. Por amor a la verdad del toreo, él ha legitimado la lidia más por la manera de plantearla que por los resultados que al final obtiene. Su quehacer ha sido calificado de revolucionario, pero no es cierto, en el fondo de cada actuación del Príncipe de Galapagar, esta esa crudeza primigenia, que del cite a la despedida del lance o del pase tiene una mezcla nivelada de abandono en el acaso, y de mando torero. El público percibió la propuesta y un grupo numeroso decide convertirse en verdadero seguidor del torero. Con José Tomás es con quien más fuerza tomó la costumbre de viajar de plaza en plaza en pos del maestro, hospedarse en el mismo hotel y comer en el mismo sitio donde lo hace la cuadrilla.
A grandes rasgos esta es la historia de los asistentes a la función taurina. En cada ejemplo presentado, se puede constatar el hecho de que es el tendido que con su aceptación y rechazo, con su beneplácito o con su desprecio, marca la pauta en el devenir del toreo y así será en el futuro. Los artistas se deben a su público, aunque es una frase gastada no por ello deja de ser cierta. Cada día se mejoran la técnica y la propuesta estética. Cuando creíamos haber visto todo, llegaron Morante de la Puebla y su manera tan personal de ejecutar la verónica y la media belmontina; El Fandi y sus sorprendentes e innovadores pares de banderillas, o Pablo Hermoso de Mendoza y la revolución del rejoneo. Estos toreros, entre otros, nos ensancharon el paisaje, dejando en claro que siempre que creemos alcanzar el punto más lejano, sorprendidos nos percatamos que tan sólo y de nueva cuenta, estamos llegando al penúltimo horizonte.
 
 
 IV. La concurrencia, una baraja.
Algo tienen las plazas de toros que convocan a una muchedumbre tan disímbola. Hombres y mujeres de diferentes niveles culturales, diversas clases sociales, desemejantes estratos económicos, ideologías contrarias, distintas religiones, llenan los graderíos. Palmas, silencio, pitos o división de opiniones, el gentío tiene voz y voto para otorgar el pasaporte a la primera fila, o la condena a lo más profundo del abismo. Intelectuales, jefes de estado, artistas, profesionistas, estudiantes, personas de todos los oficios, se congregan en torno al ruedo. Con el fin de clasificarlos, empecemos por lo elemental. Están los aficionados, los espectadores de ocasión, el público casual y los turistas.
Aficionado es el que conoce los entretelones de la función. Está enterado de las peculiaridades de la corrida tanto en el aspecto de los integrantes del cartel, como del ganado. Se podría decir que es aquel que por sus conocimientos “está en el secreto”. Tiene a su torero, al que sigue lealmente, pero es capaz de admirar a los demás. Es el que asiste asiduamente a las corridas. Compra literatura taurina y trata de mantenerse al día. Su consigna personal es velar por la pureza del toreo. No es un “consumista” de la tauromaquia y disfruta más con el cómo se hacen las cosas que con triunfos mediocres. Gran conocedor, es una especie en peligro de extinción. Para el aficionado ninguna corrida es aburrida porque su atención siempre lo hace descubrir cosas nuevas, aunque haya tardes en que, en vaivén, a la arena sólo arriben los restos de un naufragio.
Los espectadores de ocasión son el gran público. En realidad, es este segmento el que sostiene económicamente a la Fiesta. Sin tanta ortodoxia, pero con mucho entusiasmo acude a la plaza. Si hay un segmento del tendido que afecte el devenir del toreo, realmente es este. Impone sus preferencias por mayoría, es el que va marcando los derroteros de la moda y la innovación de las costumbres. Va y viene, preferentemente en los carteles más importantes es cuando se le ve por la plaza. No se rasga las vestiduras, empero ellos se ponen a sí mismos la etiqueta de aficionados.
En cambio, al público casual no le interesa lo que pase y su opinión es fugaz. Vale para una tarde, pero se irá de las gradas sin más y puede que transcurra mucho tiempo para que fortuitamente regrese. Opina sobre lo visto y tal vez, lo recuerde por mucho tiempo sin pasar del asombro y lo anecdótico. Sin embargo, la capacidad de emocionarse, que es un sentimiento al alcance de todos, compensa la falta de competencia para comprender mayormente la lidia. Por último, la globalización también ha llegado al toreo, por ello, cada vez acuden más extranjeros a los cosos. Ellos van a los toros por el hecho de conocer por su propia vista lo que es una corrida. A veces, no resisten lo sangriento y se marchan en cuanto el picador abre la primera fuente. Otros, están ahí y creen llevarse en la cámara fotográfica la vivencia del toreo, como si esto fuera posible.
Por otra parte, dependiendo de sus preferencias las aficiones pueden ser toristas y toreristas. En el primer caso, son los que demuestran un interés mayor por el nombre de las ganaderías que han sido anunciadas. La afición al toreo no es nada sin la afición al toro. Sólo que a veces, los toristas confunden volumen y pitones astifinos con edad y trapío. Es bueno velar por la integridad del cornúpeta, pero hay que ser cuidadosos con lo que se cuida. Los segundos, como casi siempre sucede en América, son los que a la hora de elegir los carteles para la compra de los billetes, prefieren poner su atención en los nombres de los coletas que matarán las corridas. ¿Cuál será la tendencia hacia el futuro?. Seguramente, en cada serial permanecerá la modalidad de la parte torista. Los asiduos al tendido han conformado una veneración al toro bravo y cada día se fortalecerá más. Los empresarios no descuidarán este segmento de su mercado.
De otro modo, se da la división de los espectadores que prefieren sus localidades de un lado u otro de la plaza. Aunque pesa de manera definitiva el precio del billete, muchas personas elijen el asiento por razones personales. Por ello, feria tras feria, temporada tras temporada, es común verlos en la misma localidad de toda la vida. Así como asistir a una corrida es tan trascendente como el dejar de hacerlo, de igual forma, para algunos, sentarse del lado de la sombra o del sol tiene un significado muy hondo. Se supone que en sombra está el estamento, la clase social alta y mayormente educada. A sol van los rebeldes, los que rompen esquemas, los que no se la tragan tan fácil. 
Igualmente, están los partidarios. Veneran de manera entrañable a su ídolo. Son, hoy en día, esa cauda que sigue de plaza en plaza al cometa que es el torero de su preferencia. Van de ciudad en ciudad en pos de la tarde soñada. También, los hay de lugares lejanos y viajan, por decir algo, desde Suecia hasta Sevilla, de Londres a Madrid, o de Filadelfia a la ciudad de México, para estar presentes en la tarde clave de su torero. El toreo místico y embebido de manoletismo de José Tomás y los partidarios que lo siguen son una muestra de ello. Al caso Joaquín Sabina, que además de acompañarlo, a veces, le escribe sonetos.
Aunque quisiéramos, no podemos dejar de hablar de la parte nefasta de la muchedumbre que va a los toros y que son los reventadores. Este tipo de espectador es un profesional porque recibe una gratificación. El trabajo sucio de aplaudir a sueldo a un torero y vituperar a otro, forma parte de la estrategia taurina. Incluso, algunas empresas los invitan para que animen la función y le toquen palmas a trivialidades que de otro modo pasarían inadvertidas o serían protestadas. Pensamos que este concurrente tan ordinario, en el futuro seguirá siendo parte del tendido.
 
V. A escena.
Su participación principia desde la acogida o rechazo que da a los carteles. De la expectación que se produce en la gente, depende que el maridaje entre los tres protagonistas sea de la mejor calidad. Por ello, el papel del tercer personaje empieza el día que se vuelca en las taquillas. Luego, llegada la hora de la corrida se acomoda en su localidad con algunos minutos de antelación y al abrirse el portón de las cuadrillas, inicia un diálogo coral y por supuesto, individual, que ha de perdurar toda la obra. En México es costumbre arraigada la expresión colectiva del ole -así, acentuado en la primera sílaba- cuando las notas del pasodoble Cielo andaluz marcan el arranque del desfile de la torería. Más tarde, cuando el toro ha saltado a la arena y es recibido con los primeros capotazos de marca, si estos son buenos, viene el acompañamiento sincronizado del ole en cada lance y posteriormente, en cada pase que los del tendido consideran cumple con los rigores del protocolo, los procedimientos de la técnica, los recursos pertinentes y la ejecución con belleza.
A veces, los espectadores opinan que la presencia del toro no es la adecuada en las diferentes características de peso, edad y trapío que debe tener para su lidia. En Madrid, es común que algunos concurrentes con toda la solemnidad del caso, ondeen un pañuelo verde, indicándole al presidente lo que debería hacer sin mayor trámite y de inmediato. La intransigencia del público venteño es famosa y la puerta de toriles de ese coso es la que más ha visto pasar toros devueltos. También, a los tendidos les ha dado por saludar con una ovación a los toros guapos y de gran lámina que saltan a la arena. Los toreros sorprendidos opinan que al toro hay que aplaudirle, si se lo merece, cuando lo arrastran las mulillas.
Por otra parte, los gritos a favor o en contra son característicos, además de los consejos que algunos concurrentes se sienten obligados a dar a los espadas. El grito taurino es especial y debe estar adornado por la gracia, el ingenio y la oportunidad. Los avisos, recomendaciones, cuchufletas, no sólo son técnicos sino generales. Al punto, un ejemplo ocurrido en la plaza de toros de Tlaxcala en México: El músico se lucía con el solo de trompeta del pasodoble La Macarenita. De verdad ejecutaba con virtuosismo mientras Eulalio López Zotoluco se afanaba en naturales. Entonces, del tendido surgió el alerta: “Lalo, la trompeta”. El matador suspendió el cite asentando aprobatoriamente con la cabeza, mientras señalaba con el ayudado hacia la banda. La ovación circular del tendido fue la muestra unánime de beneplácito a los músicos, al solista, al del grito y al matador por la atención extendida.
No debemos dejar de lado la espontaneidad de ese público que ante el arte de su torero corresponde con lo mejor que tiene. Los sombreros caen a la arena, pero a veces, se dan excesos. Don Susanito fue un famoso partidario del maestro mexicano Manolo Martínez. En las tardes de inspiración del diestro, su seguidor arrojaba objetos a la arena conforme iba creciendo la faena. Lo primera prenda en caer era el sombrero, a la siguiente tanda gloriosa el bastón rebotaba en el tercio, luego, la corbata y el saco. Hubo tardes, en que don Susanito consideró necesario dejar patente su satisfacción quedándose en los tirantes de la camiseta. Otra más, es inolvidable una tarde de la temporada 2002 en la Plaza México, en que Enrique Ponce brindó a Estrella Morente y la cantaora le correspondió acompañando con su canto el desarrollo de la faena. Desde luego, al término del cante flamenco, el tendido fascinado rompió en una ovación.
De hecho, los párrafos anteriores son anécdotas que particularizan las afirmaciones que hemos manifestado. Son gotas dentro de un torrente. Lo que el tendido opina en general viene a cambiar el discurso taurino. La lidia dominadora a base de doblones tocando a pitón contrario, ha desaparecido casi en su totalidad. La gente se desespera y ya no aprecia ese tipo de toreo. No importa si las condiciones del toro no son las apropiadas para la ejecución en redondo, de todas maneras, el diestro deberá porfiar en el intento de enhilar derechazos o naturales, si no quiere que los pitos aparezcan; incluso el grito de ¡toro!, que debe ser espetado cuando las condiciones del cornúpeta son superiores a las aptitudes del matador, caerá como balde de agua fría, aunque muy pocos entiendan que la actuación del espada es la correcta. La casi total abolición del toreo de castigo es una prueba fehaciente de la influencia del tendido en la fiesta.
Finalmente, la participación del tercer personaje se cierra hasta el último momento de la obra, pues los toreros se despiden uno a uno, se marchan atravesando el ruedo por delante de sus cuadrillas, mientras del tendido reciben palmas agradecidas de reconocimiento, o la denostación en silbidos condenatorios si no los socorrió el triunfo.
 
VI. La personalidad de algunas plazas.
Parecería una incongruencia, pero es verdad, la plaza adquiere la impronta del personaje colectivo que llena sus tendidos. Madrid, con su afición dogmática y extremadamente estricta es la catedral del toreo y por ello, se ha convertido en una plaza intimidatoria para los matadores. Torear ante la cátedra conlleva una responsabilidad enorme. Lo solemne y serio del toreo en la Villa del oso y el madroño, se debe a la competencia del público que llena el graderío. Esa suficiencia vuelve al espectador un juez muy exigente. ¿Cómo afecta de manera positiva esta circunstancia?. Con la alta calidad y profesionalismo del espectáculo. Aunque muchos se quejan de la elefantiasis, de la intransigencia de los espectadores en general y la severidad de los inquisidores del Tendido 7, en Las Ventas se cumple el reglamento y la afición tiene la garantía de que su opinión será tomada en cuenta, lo que redunda en el espectáculo taurino de mayor calidad del orbe. Sin embargo, hay quien opina que los toros de ganaderías que en otras plazas embisten, en Madrid se contagian de la presión de los toreros y los triunfos de unos y otros, escasean mucho.
Asimismo, la de Sevilla es una afición singularmente exquisita que premia lo justo y nunca más allá de lo justo. La Real Maestranza se yergue como el templo inquebrantable del toreo que nos hace preguntarnos: ¿qué otra cosa puede doler más y apurar tanto a un matador que un silencio maestrante?. Ni siquiera la bronca. Por derecho propio el tendido sevillano con su gran finura y profunda espiritualidad le ha dado un profundo al quehacer torero, convirtiéndose en la máxima aspiración de espadas y ganaderos.
Por su parte, Pamplona es el caos de una fiesta sin recato. En sus gradas sólo falta encender hogueras, pues los tambores ya suenan. El júbilo de las peñas es contagioso. Pero lo realmente sorprendente de los tendidos de La Misericordia es que cuidado y el torero actuante se equivoque, porque la silbatina de un público aparentemente distraído, será implacable. Queda la ya consabida preferencia pamplonica por el toro de gran calado y mucho mueble en la cabeza, además, claro, del gusto por La chica ye ye y por El rey, canciones ya emblemáticas en las corridas sanfermineras.
Bilbao tiene el mayor prestigio en cuanto al respeto que debe profesarse al trapío del toro bravo. A ello se debe que los ganaderos guarden lo mejor de la camada para enviarlos a esa plaza. Esto ha servido para que a los que asisten a los tendidos del coso de Vista Alegre sean reconocidos como parte de una de las aficiones más exigentes del mundo.
 
La Plaza México posee una sensibilidad a flor de piel. La correspondencia de los oles con el oficiar del matador tiene una sincronización de reloj. Si el diestro no se ha acoplado, hay un murmullo que estallará en el ole alargado en cuanto pegue el primer muletazo hondo y, según la candencia del buen toreo, seguirá el coro. Sin embargo, hay que decirlo, el público mexicano es poco solemne y más fiestero. Cada vez mostrando menos preocupación por la fachada del toro, ha canjeado los ejemplares verdaderamente bravos por los pastueños bobalicones.
 
VII. A tierra el sexto. Conclusiones.
Es asombroso lo que el toreo ha evolucionado desde los tiempos en que los nobles caballeros alanceaban toros a lo que conlleva una faena contemporánea. Hoy, exigimos que las suertes se consumen de manera impecable. También, que el toro reciba el trato de animal privilegiado y que sufra lo menos posible durante la lidia. El gusto por lo bello, el refinamiento y culturización de la masa, la valoración estética del conjunto, el disfrute de la elegancia, la apreciación de los diferentes estilos, la exigencia del cumplimiento del protocolo y el reclamo de un desempeño profesional, han impulsado la sofisticación de la Fiesta. Está gastada de tanto repetirse pero es precisa la frase lorquiana de que “…los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo”.
El público circundante participa activamente de la puesta en escena, pues condiciona la lidia en su desarrollo y al final emite una sentencia. En la plaza de toros se participa vivamente de un drama único, fugaz e irrepetible, caracterizado por las obsesiones de los tres participantes: la del toro por los trapos que lo han de convertir en víctima sacrificial; el torero por la creación de belleza en el lindero mismo de la muerte y la del público por emocionarse hasta el delirio.
En otro orden de ideas, el tendido es la causa principal por la que un torero se esfuerza y arriesga la vida en los afanes de lidiar los toros. El gran público es, por tanto, el que en una parte muy considerable determina el rumbo de la Fiesta. La gente es la que nombra al ídolo, aunque a veces, el elegido no respete los cánones ni la tradición taurina, no importa si los aficionados ortodoxos y la crítica especializada lo consideren un hereje. El caso más preclaro en el pasado reciente es el de Manuel Benítez El Cordobés. El diestro de Palma del Río con sus impertinencias sacaba de quicio a los tradicionalistas, pero sus legiones de fans –en el caso de El Cordobés, no se les dice partidarios sino fans- dieron el sí a romper con lo rígido de la costumbre. Otro ejemplo, aunque diferente, es el de Curro Romero, que muy adentro exasperaba a los buenos aficionados, pero estos siempre estaban a la espera del milagro que tarde o temprano se daba. Eran ellos, los que veían con extrañeza a aquellos que vituperaban a Curro en sus malas tardes. Los devotos – estos tampoco fueron seguidores- siempre confiaron en el as que ocultaban bajo la manga, ellos sabían que con Curro Romero de lo ridículo a lo sublime sólo mediaba un pase.
También concluimos que en el arte de lidiar los toros, día con día, se seguirá mejorando la técnica. Actualmente, los aprendices van a escuelas taurinas que en su mayoría cuentan con entrenadores físicos, maestros de baile flamenco, sicólogos y estetas que instruyen a los alumnos de una manera integral, además de los profesores propios del oficio. Por otra parte, el toreo, también continuará en la evolución de la propuesta de sofisticación artística. La cultura general de los asistentes al tendido es cada vez más amplia. La globalización, Internet con su multitud de portales taurinos, la televisión transmitiendo a nivel internacional ferias y temporadas completas y una tras otra, el acercamiento de las distancias mediante ofertas accesibles de viaje, además de la constante publicación de literatura taurina, volverán cada vez más exigentes a los asiduos al tendido.
En cuanto al toro, los espectadores también han influido en los cambios que este ha experimentado. Por ejemplo, ganaderías que hace veinte años eran consideradas para toreros artistas, hoy tienen el pegote de duras, al caso, Victorino Martín y Cebada Gago. Otras desaparecieron cuando indirectamente se cayeron del gusto del público al no ser propicias para las faenas que hoy exige la concurrencia y ya no fueran pedidas por las figuras. El tendido también ha encumbrado a ganaderías muy jóvenes, por ejemplo, Núñez del Cuvillo o Alcurrucen. Por otra parte, ahora se dan mucho más indultos y esto se debe, indudablemente, al pañuelo blanco de los espectadores. Pedazo de trapo que, a veces, ondea sin razón y por lo general sólo basta que el toro sea claro y fijo en la muleta, y que repita muchas veces, sin considerar para nada su actuación a la hora de recibir castigo con la pica. De cara al futuro, el toro que exigirán los tendidos será un atleta de bella lámina: la culata apretada, un morrillo grande y los pitones largos y astifinos. Deberá ser capaz de soportar una prueba muy dura en varas. Sabemos bien lo del multipuyazo que se da en la actualidad, aunque no sólo es eso, igualmente es necesario hacer mención del peso del caballo y del peto inexpugnable que provoca la frustración de un animal que pelea en vano. Además, el toro venidero tendrá que ser capaz de soportar con mucha movilidad las largas faenas que exige la concurrencia actual. Por la influencia del tendido veremos consumados los esfuerzos ganaderos en un toro embistiendo con el hocico pegado al suelo, que además será noble sin llegar a la sosería en la que han caído algunas ganaderías.
En cuanto a Francia continuará el apogeo, con sus ferias consolidadas y el territorio taurino en boga. Además de los festejos landeses y de La Camarga, el amor galo a la tauromaquia es tan grande que no sienten como un producto importado la corrida a la española. Nimes y Dax son esa reminiscencia milenaria que le imprime otro tipo de misterio a la fiesta. El auge irá en aumento y a ello colaborará el turismo estival. La afición francesa se incrementa día a día y creemos que así seguirá su curso.
Por otra parte, el caso de México es si no alarmante, por lo menos, para vigilarlo con atención. De las grandes temporadas del pasado, quedan las mediocridades del presente con una fiesta que perdió su aspecto profesional. Durante las últimas décadas, el toreo en México está atorado en una crisis en su estructura que ya no lleva gente a las plazas. El escalafón está muy desgastado y no hay toreros de verdadero arrastre, además existe un desencanto ante las figuras españolas que vienen a hacer la América, lo que ya se conoce como lo de las vacaciones pagadas, por la falta de edad, peso, trapío y casta de los toros procedentes de las ganaderías que se anuncian en la temporada grande. Ni siquiera los carteles de lujo llenan el coso de Insurgentes. Sin embargo, el aliento lo han traído los jóvenes que se hicieron en España y de los que se espera se obtenga la feliz recuperación.
Finalmente, toro a tierra, ha doblado el sexto. La tarde ya pardea. El horizonte baja lentamente un telón de púrpura y oro. La obra ha terminado y de pie aplaudimos al último matador que abandona el ruedo. No sabemos si permanecemos ahí por cortesía o porque nos negamos a dejar atrás la plaza. El público provocará grandes cambios en el actuar de los toreros, ganaderos y empresarios. Renovarse o morir es la consigna y la Fiesta, que es verdadero patrimonio cultural de algunos países privilegiados, aunque no en todos oficialmente se le haya declarado así, no morirá. Los que la amamos nunca lo vamos a permitir.
 
Buscacielos.
San Pablo A. a 15 de mayo del año 2011.

 

   
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