Se le pueden olvidar las latas de sopa, pagar la cuenta del teléfono, o un vestido en la tintorería, pero nunca dejará de jugar al melate. A veces, metidos en la cama, mirando sin mirar las sombras de plata en el techo, cuando en la calle disminuye el sonsonete de los motores, los bocinazos son más esporádicos y el ruido de la ciudad se va apagando en un rumor distante, a esa hora, casi medianoche, me toma de la mano y habla de lo que haremos el día que se saque el premio acumulado. Pasaremos temporadas en París y luego, al acercarse el invierno nos iremos a Mar del Plata, me comparte. Mientras ella sigue hablando de sus sueños, yo por dentro me digo, como los gansos. Cuando las cuchillas de viento helado empiecen a arañar ciudades y campos, nosotros emigraremos buscando el calorcito, como hacen las golondrinas, los gansos, y las mariposas Monarca.
 
Tania tiene la fe de un místico español, la férrea disciplina de un cadete y un gato llamado “Blum”, que siempre saca de la habitación cuando vamos a hacer el amor y al que yo pateo únicamente las veces que me lo encuentro por ahí. Tania es guapa, tiene los ojos grandes y muy negros. También, es buena y está muy buena. Reza el rosario por todos los parientes y amigos que sufren algún quebranto y usa pantalones a la cadera de los que dejan ver la tanga, apenas insinuada en breves apariciones de las tiras de encaje que pasan por la cadera, además, tienen pedrería en el mínimo pedazo de tela que une las cintas de la pieza bajo la espalda. Prendas diseñadas con ese fin, para ser lucidas como quien no quiere la cosa. Por eso, en los fragores del cuerpo a cuerpo, alucinando con comerme el pastel, en más de una ocasión le he pedido tanga quítate la tania. En la boca ella guarda saliva delgada y fresca, sus besos quitan la sed. Lo que me recuerda que al atardecer tomando cocacola, nos contamos el inventario de las andanzas y penas del día. Yo, desalentado le narro las injusticias y el sadismo de los jefes. Sus llamadas de atención intransigentes y las órdenes dictadas bajo el peso de la prepotencia. Con su voz clara me aconseja, pídele mucho a Dios por ellos. Entonces musito con fervor un ojalá se pudran hijos de la gran puta, casi deletreado y recreándome en la suerte. Ella nunca cesa de dar ánimos. No te preocupes, pronto nos sacaremos el melate, seremos ricos y entonces, no vas a tener que aguantar a nadie.
 
Para obtener el premio, Tania pertinaz juega cada miércoles y también los domingos. Ha ensayado todos los métodos. Primero hizo una novena a la Virgen del Perpetuo Socorro. Los nueve días se hincó junto a la cama y dijo las oraciones. Luego, optó por poner los billetes del melate en las manos del Sagrado Corazón que de lunes a jueves y viceversa, ya no mostraba las palmas al cielo sino los seis números de la suerte. Ninguno de los dos sistemas dio resultado, por lo que Tania una y otra vez, me reprocha mi falta de fe de la que tiene gran certeza, no llega ni a un granito de mostaza. Por otra parte y en directo, también me restriega en la cara mis particulares faltas a misa, reconvención que me obliga a sentirme responsable de su poca fortuna, no porque crea yo que estando bien con Roma voy a irme a vivir a París, situación que supongo, en la antigüedad sí era posible, sino porque con mi poca fe no permito que ella cierre el círculo de sus creencias. El melate no se lo sacan los que más rezan le digo, si eso fuera no habría curas ni monjas pobres, aunque pensándolo bien, alcanzar algún arzobispado debe ser un verdadero premio gordo, arriesgo flamenco sólo para recibir un inflexible: Ay Luisito, te vas a ir al infierno con todo y zapatos. Puede que me falten fe y devoción, pero me asiste la fervorosa creencia de que la costilla alentada de soplo divino con la que comparto el pan y la cama, es una obra suprema del séptimo día bíblico y me declaro reverente devoto de sus dunas espléndidas.
 
Una tarde, Tania llegó a casa con la película Creaciones. La vimos a dúo y concluimos que ensayaríamos métodos mentales. Tomó un marcador y con gruesa tinta escribió la cifra de un millón sobre un dólar. El uno, las comas y los seis ceros repetidos en cada esquina, llenaban gran parte del papel moneda sin que fuera creíble el cambio de denominación. Como no soy nacionalista pero sí antiyanqui, le pregunté por qué un billete gringo. No conozco a ningún motivador que en su metodología utilice endebles y raquíticos pesos, contestó con la contundencia de quien posee una fe sin fisuras. Así debió hablar Santa Teresa en su convento de Ávila, pienso cuando recibo ese tipo de argumentos. Tania retomó el tema, es mejor que el milagro se multiplique por once, ¿no tonto?. Es verdad, me quedo pensando. De los vecinos del norte en mala hora, muy rescatables son la Serie Mundial, los dólares, los cuerpos de las gringas jóvenes y las hamburguesas, aunque pasados los años, casi todas terminen como ese platillo, es decir, redondas y desparramando carne por los costados.
 
Otra estrategia de Tania fue lo del collage. Las instrucciones del nuevo método indicaban que de revistas recortara lo que había soñado, para luego pegarlo en una cartulina y colocarla en un lugar donde la pudiera ver a diario. Se puso sus anteojos cuadrados de armazón ancho que le afilan la nariz dándole un aire intelectual, los que me gustan más cuando los combina con su minifalda escocesa y las medias negras con que cubre sus espléndidos medios de locomoción, aunque siempre me argumenta que ya no se usan las medias negras. Entusiasmada empezó a recortar con mucho afán, mientras yo, solidario, sin poder evitarlo me quedé profundamente dormido. A la mañana siguiente, cuando desperté, la obra -igual a un dragón monterrosino- estaba allí, en el tocador tapando el espejo. Los recortes de revistas habían sido pegados ordenadamente, algo muy característico en Tania. Hay una foto de la Torre Eiffel iluminada, abajo las luces de París dan efectos dorados a la negrura de la noche. Desde luego, también está París al sol, la fachada del palacio de las Tullerías vista desde un parque. Los recortes van dando sentido al sueño de lo que se puede hacer con mucho dinero. La trompa blanca de un jumbo de Air France con las líneas azules y rojas. Una mesa bien dispuesta con velas y botella de vino, que hacen frontera con una playa caribeña azul turquesa de arenas blancas en un día de cielo radiante. A un lado, Pavarotti de frac y sonriendo, muestra la hilera de dientes blancos y alineados, la barba muy bien cuidada, en la mano su emblemático pañuelo blanco que cae sobre los cascos de unos ciclistas de montaña, mismos que pedalean en una senda boscosa, que a su vez, bordea la silueta de una pareja a contraluz ante las llamas de una hoguera observando los saltos de altísimos guerreros zulúes, mientras el círculo rojo del sol cae tras un baobab. Del mismo modo, está pegado un violín, porque ella aspira a ser concertista; si bien, su principal apetencia es convertirse en millonaria. El instrumento musical aplasta un mapa de Europa por la parte rusa, la península ibérica apunta a un jarrón de rosas color carmín, que a su vez, salen detrás de un conjunto Cristian Dior que lleva una modelo raquítica de piernas de garza, la que pisa una leyenda que dice: “nunca podrás conocer lo desconocido si te aferras a lo conocido”.
 
La otra tarde, Tania me revelaba lo de la estrategia cósmica que empezaríamos a aplicar a partir de ese momento, cuando dándose una palmada en la frente y viendo la hora en su reloj de pulsera, me pidió apresurarnos para ir a la misa de difuntos del papá de Enrique. Como también es día veintiocho y miércoles, así aprovechamos para pedir a San Judas Tadeo que ya nos toque la bolsa acumulada, dijo levantándose. Yo me negué a ultranza. Igual que siempre, rebatió argumentando mi falta de fe. Me habló de nuestros deberes sociales, de la caridad y de la nula asistencia que habrá el día de mi funeral, como si eso me preocupara en el presente y desde luego, nada me preocupará el día que frío y con las piernas extendidas, no vea a quien se asome tras el cristal del féretro. No irá nadie, porque nunca cumpliste con nadie, tienes que hacer algo con tu egoísmo. Le contesté que con mi egoísmo prefería yo sentarme en la terraza a mirar el eclipse. Cuando la luna empiece a sangrar, estaré bebiendo ron y fumando a la salud del conejo que un dios cholulteca estampó en la moneda de plata, dije, y también, a la del padre de Enrique, que además, fue un buen hombre al que no creo le hubiese importado si estuve o no en sus misas, me defendí. Como no insistió, muy en su estilo, me di de santos. Cumplí cabalmente mi compromiso, brindé en soledad, y todavía me tomé otra cuba abrumado por el remordimiento de que ella no se saca el premio gracias a que yo no lo he sabido negociar allá arriba.
 
Debo decir que de la obsesión de Tania por los melates, me siento responsable. Era yo el que jugaba siempre los mismos números. Ella adquirió el hábito, ahora casi convertido en paranoia, cuando se los encargaba debido a mi repulsa a salir a la calle. Yo participé en el sorteo dos veces cada semana llegando a aprenderme los mismos números marcados siempre en la boleta. Ahora, ya no los recuerdo y eso es bueno, porque cuando dejé de ponerlos -los melates no se compran, se ponen- tuve pavor de enfrentar la mortal frustración de enterarme que un día, cualquiera de mis tres secuencias hubiera salido premiada. Todavía me persigue, me he sorprendido a mi mismo repitiéndola, la del 2, 8, 11, 21…
 
Tania ha logrado pegarle a cuatro dígitos de los seis, al melate tampoco se le acierta, se le pega. Lo contamos a todos los amigos. Claudia alzando la cara, abrió los ojos desmesuradamente. Nunca entendí por qué se sorprendía tanto. Tal vez, pensó que habíamos ganado mucho dinero, o tal vez, porque así los abre siempre que le contamos algo. Llegado el sábado por la tarde, bebiendo tequila en nuestro departamento, también lo relatamos al Poeta y al Filósofo, dos amigos que siempre están juntos gracias a que les gusta leer novelas de misterio, el cine francés, la música de Guns and Roses y la marihuana de Oaxaca. Difieren en que el primero escribe versos y habla en metáforas, la mayoría de las veces tan indescifrables que invariablemente nos tiene que aclarar la analogía y el segundo estudia medicina, pero en toda ocasión dispara sentencias de la sabiduría popular. El Poeta espetó una metáfora:
- A dos números de hacer trizas las carencias como quien tira un florero. Comparación lírica un poco complicada.
Por su parte, El Filósofo nos aterrizó violentamente:
- Carajo, tan cerca y tan lejos del primer premio.
 
En la actualidad, Tania ya no mete la misma combinación. Llega a la agencia toma una boleta para marcar sus números. Haciendo ruido con las llaves busca los lentes en su bolsa, saca cosas, las pone sobre el mostrador, ¿dónde los habré dejado?. Cartera, agenda -aquí los traía- estuche de maquillaje, notas del supermercado, por fin, encuentra el estuche con los anteojos que se pone cerca de la punta de la nariz, así, si baja la mirada puede ver los cuadros a rellenar y si la alza, por encima observa al hombre que registra y cobra. Aspira hondo, arrugando el ceño reflexiona los últimos acontecimientos, trata de leerlos en cifras, cuáles coinciden o se han repetido los últimos días. Nunca de los nuncas mete un melático, asegura que jugar de forma automática pidiéndole a la máquina electrónica que elija, es decirle que no a la suerte con holgazanería. A la hora de llenar su boleta, se esmera y atiende a cualquier consejo divino o inspiración, que le dicten los latidos de su corazón.
 
 
 
 
 
 
La vida se las gasta en serio. Por no estar atento a esos latidos, a partir de hoy, tendré que hablar de Tania en pasado. Me he quedado sin saber qué sentir y una pereza descomunal me invade el cuerpo. La nota que encontré sobre la mesa de la cocina, eso sí, metida en un sobre rosa, es breve pero rotunda, por eso me dolió hondo. No tanto que fueran palabras frías, leídas y releídas, sino la parquedad para romper de tajo. Sentí las piernas duras, acartonadas y entendí de golpe que lo peor que le puede pasar a uno es atar los cabos.
- Se la llevaron como a un premio grande de bolsa acumulada, dice El Poeta, mientras El Filósofo enciende el tercer cigarro Delicados consecutivo y sopla haciendo donas de humo.
Me relatan consternados que el hombre de la agencia de billetes de lotería y melates les contó que allí, Tania conoció a un tipo maduro que también participaba en todos los sorteos. Desde que la vio, venía con mayor frecuencia, dicen que dijo. A veces, la esperaba por horas sentado frente al volante de su Mercedes, estacionado aquí enfrente, relatan que les contó.
No quiero ser cruel, soltó El Poeta poniendo su mano sobre mi hombro:
- Como esta pena, el coche también era negro y de lujo.
- Cartera mata rollo, me reconvino El Filosofo.
- Cada semana acumularon admiración y convencimientos, completa luego El Poeta, lamiendo la bola de helado y lanzándome un cierto frescor en su aliento de hiena enferma del estomago.
-El tipo repentinamente dejó de acercarse a la agencia de lotería y Tania, también.
- Se me hace que alguien fue a París. Concretó el vate observando al pensador que asentía. Consternados, se despidieron dejando muy en claro su solidaridad y disposición.
 
Sin entender bien a bien lo que ha pasado temprano me fui a la cama. Mirando las manchas oscuras y las sombras de plata en el techo, no supe por qué, pero recordé el día que me expulsaron del colegio y la paliza que me dio mi padre. A partir de ahora, por la noche tendré sed y ya no estará la saliva de Tania para refrescarme. La recordé con la falda escocesa y sus zapatos de tacón. Quedé pasmado es cierto, sin embargo, el desengaño no me fragmentó en pedazos. De golpe comprendí que no tenía ningún escudo que me defendiera en mi deshonrosa situación, pero no sentí nada. Tal vez, mañana cuando termine de atar los cabos estaré desgarrado y me llenaré de ira, vendrán los tequilas, las canciones de José Alfredo y una pistola para lavar mi honra a la mexicana. De golpe he sentido una gran repulsa por París y todo lo gabacho. Tampoco tuve insomnio, ni ganas de llorar. Mucho menos, y esto me asombró, sentí celos que me hicieran confabular atroces venganzas sangrientas, sólo a media noche desperté angustiado y con gran sobresalto me di cuenta que era miércoles y sin Tania no había yo comprado los melates.
 
   
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