Es gente burda y grosera esa a la que llaman al teléfono móvil a todas horas y en cualquier lugar. Son personas incultas, que no tienen el sentido común de apagarlo o activarle el silencioso vibrador ni aún en los recintos en los que el timbre de llamada, o molestará a todos o será una bestial irreverencia. Pongan atención el domingo durante el servicio religioso y observen. Por ejemplo, para los católicos, en plena Elevación sonará un celular y algún devoto cara de beata compungida se levantará del reclinatorio, con todo respeto caminará hacia fuera del templo, mientras lo hace, sosteniendo el aparato con una mano y tapándose la boca con la otra, irá diciendo en voz baja: espera, estoy en misa. Mientras los otros, que unos segundos antes hablaban concentradamente a Cristo, después de tan soez perturbación, se pondrán a deducir si al zoquete ese del celular, le llamarían para alguna urgencia, por decir algo, encargo del chicharrón, los tacos de sesos y las cervezas.
 
La gente habla por el móvil sin pudor y sin consideración. Una vez en el cine viendo la película Infidelidad, cuando la pérfida traidora –que entre otras cosas estaba hecha un cuero- ya sólo cubierta con un apropiado y minúsculo conjunto negro de ropa interior, se disponía a revolcarse en el lodazal inmundo de la concupiscencia, anda que suena la peculiar musiquita y todos los circundantes a aterrizar con todas estas preguntas y frases: ¿Acabaste la tarea?, ¿cenaron?, ¿ya se bañaron?, bueno pues ya duérmanse chiquito, adiós encanto, despidió la voz femenina que salía de la oscuridad. Adiós al encanto, confirmé yo también, refiriéndome al momento que ya no nos regaló la cinta. Desde luego, recordé a la madre que parió a chiquito.
En otra ocasión, ahora barreras abajo en la plaza de toros, lo mejor de una faena fue interrumpida por música telefónica de samba seguida por la voz de un prepotente: ¿Qué onda wey?, estoy en los toros, que estoy en los toros. Luego, vino un detallado relato de lo que acontecía en el ruedo y finalmente un acuerdo para ponerse hasta las orejas de tequila en casa del wey al finalizar la corrida.
El colmo de los colmos lo viví el pasado viernes durante la inauguración de la segunda temporada de conciertos de la Orquesta Sinfónica del Estado de Puebla. Al avisar a los concurrentes que era el momento de la tercera llamada y por tanto de iniciar, se nos pidió a su vez, que apagáramos los teléfonos móviles. Mientras la orquesta ejecutaba virtuosa y solemnemente el Concierto de Aranjuez, los aparatos portátiles de muchos mentecatos competían insistentes contra los músicos. La Sinfonía Número Cuarenta de Mozart por aquí, el Guillermo Tell por allá, al rato una polka más abajo. Para Elisa de Beethoven allá atrás y la consabida carrerita del notable mequetrefe que contesta con cara grave y abandona rápidamente el recinto. Después de un par de minutos se reincorpora a la torera, importándole un carajo la interpretación de los artistas y el respeto a los demás. Sale y entra sin percatarse de que por más seriedad que le imprima al asunto, no impresiona a nadie y que lo único que causa es lástima, porque seguro es un –o una- pelusa al que su suegra inmisericorde, su jefe explotador, el tiránico marido, o en el mejor de los casos, los borrachos de sus amigos, nunca lo dejan en paz.
 
 

 

   
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