Mediante un artículo firmado por Jordi Soler, el excelente escritor mitad xalapeño, mitad catalán, que por sus venas corre una mezcla de sangres cargadas de cultura –de paso y antes de entrar en materia, les recomiendo las divertidas e interesantes novelas Nueve Aquitania, y La mujer que tenía los pies feos- me entero que en Holanda desde hace unos meses, los cafés donde se puede fumar marihuana son negocios aprobados por la ley.
La variedad de estos locales es muy diversa. Los hay vegetarianos, que dado el producto que nos ocupa han de ser los mejores. Los hay naturistas, o sea, que brindan a sus clientes yerba que no ha sido tratada con pesticidas ni abonos químicos. Otros ofrecen bebidas alcohólicas, con lo que los parroquianos han de salir a la calle como saltaría al ruedo un miura loco y también existen los que junto con la nefasta, expenden bebidas energéticas para los que gustan del estilo Maradona, o sea a los deportistas pachecos.
El asunto, sin detenerme en juicios morales, me hace pensar que estos comercios dentro de algunos años abundarán por el mundo y puede ser que acudir a ellos sea tan natural, como lo es hoy tomar una copa en un bar o encender un puro después de una buena comida. Me imagino dentro de diez años diciendo a un amigo: “que gustó verte, a ver cuando nos fumamos unos churros”.
Este precedente trae a colación que en Europa el tabaco también estuvo prohibido, cosa que a su vez aconteció con el whisky en los Estados Unidos y que aquí en Puebla, a mediados de los años sesentas, una chica en traje de baño de dos piezas acercándose a la alberca, era un atentado contra la moral y las buenas costumbres. A finales de la década de los ochentas, juicio similar se hizo de aquellas hembras que en cualquier playa portaban el famoso traje de baño llamado hilo dental. Lo que me recuerda que en alguna oportunidad, instalándonos en una habitación en la planta baja de un hotel de Playa del Carmen, Quintana Roo, mi esposa contentísima me sugirió: “asómate, mira que vista”. Curioso me acerqué a la puerta corrediza de cristal, apenas retiraba yo la cortina esperando admirar los azules del mar Caribe, en el preciso momento en que una extranjera muy bien puesta de pitones, se ponía de pie justo frente a mí, cubierta exclusivamente con dos elementos, la pieza de abajo del bikini y unos lentes oscuros protegiéndole los ojos. Luego de recoger sus cosas, giró para marcharse dejando de manifiesto un posterior que le envidiaría la más garbosa yegua de rejoneo. Ante el espectáculo que la naturaleza me brindada, concordé con mi mujer y una vez más le concedí la razón, era una vista espléndida. Lo anterior viene a cuento, porque el asombro en un rato se volvió costumbre y vacacionamos entre alemanas, españolas y un grupo de portuguesas que casi en cueros se tumbaban al sol. El hotel pertenece a una cadena internacional, con lo que quiero decir que también se hospedaban pudorosas familias y tradicionalistas del traje de baño.
Cada vez que me meto en honduras como estas, confirmó una teoría personal que me desconcierta, lo prohibido y lo que sí puede hacerse depende de modas, costumbres e intereses. Tal vez, desde mi condición tercermundista, que se fume marihuana en un lugar público y con todo desparpajo, es algo que me cuesta mucho aceptar. Sin embargo, conservadoramente hablando, en la actualidad, quién se escandaliza de los que beben en un bar, de los que encienden un cigarro, o de aquéllas que se cubren o descubren con un bikini, o más hondo, de las que en ”vikingo” beben y fuman en un bar.
 
 
 
   
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