Cuando lo bautizamos, quisimos rendirle un homenaje anónimo y familiar a uno de los escritores que mas nos cautivan. Así que, con el perdón de Don José, nuestro perro se llama “Saramago”. Le nombramos de este modo, para tener el pretexto de repetir a cada rato el apellido de quien nos enamoró, entre otras grandes novelas, con Memorial del convento, El Evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera, y también, porque de ninguna forma consideramos ofensivo designar a los chuchos tan queridos y de sentimientos tan nobles, con nombres de seres humanos. Estos últimos sí, muy ocasionalmente, dignos de ser respetados. El escritor portugués premio Nobel de Literatura 1998, ha de pensarlo de la misma manera, supongo, porque en el diario Los cuadernos de Lanzarote, apunta que su Fox Terrier se llama “Pepe”.
El nombre de nuestro perro no entra a la primera, por lo que venimos a concluir que algunos de nuestros amigos y mucha de la gente con la que topamos en la calle y en los parques, no tienen ni la menor idea de quién es José Saramago. Además, ni falta que les hace. La denominación de nuestro peludo amigo ha cambiado según el entendimiento de cada quien. Desde el “Saratoga” del buen hombre que nos entrega los garrafones de agua, lo imagino aficionado a los barcos de guerra o al cine clásico, hasta el “Saramango” como lo llama el repartidor de la tienda, por lo que se ve, afecto a las frutas tropicales, pasando por “Saramaje”, “Saramarco”, “Sararrey” –creo que por una derivación mental hacia los Reyes Magos –o “Saramagú”, tal vez por otra derivación hacia Mister Magú el enano de las caricaturas.
Yo, para evitarme largas explicaciones rayanas en la pedantería, si alguien me detiene alabando la belleza del animalito –mi chucho es un perro guapo- y me pregunta como se llama, observo al interlocutor a la cara y sin dejar de mirarlo contesto “Saramago”. Cuando la expresión del rostro inquisitivo con desilusión se pinta de perplejidad, antes de que me disparen un “qué cosa es eso”, añado de inmediato: también entiende por “Flirpo”, o por “Elmo”, o “Skipo”.
No sé quién dijo aquello de que mientras más conozco a los hombres más quiero a mi perro, pero después de esa vulgar cotidianidad en la que uno trata con tantos hijos de puta, un aspecto importante dentro de las indicaciones que sigo para reconciliarme con la vida, es abrir la puerta de mi casa y encontrar en el jardín a “Saramago” loco de gusto, saltando a mi alrededor, con su corazón tan limpio y sus patas tan sucias.
“Benji”, “Lassie” o “Dingo” el nombre no importa. Mi “cobrador dorado” –Golden Retriever dicen los ingleses, la raza fue obtenida en la pérfida Albión- , mi perro decía yo, llámese como se llame, no cambiará un ápice su nobleza, ni su leal compañía, mucho menos la amistad a toda prueba que me dispensa y seguirá siendo tan íntegro como no lo son muchos de mis congéneres, que esa palabra no la conocen ni por asomo y que definitivamente son más propensos a hacer perradas, dicho con todo respeto, para los perros claro.
 

 

 

 

   
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