Si se mira bien, en realidad no habría nada que celebrar. Eso de las Fiestas de Independencia es un buen pretexto para externar nuestras ansias de folclor ramplón, fomentado por la avidez de los comerciantes en su afán de vendernos cosas que en el estricto sentido de la palabra, sólo duran la víspera.
Dijeron en la tele que la noche del quince de septiembre, las embajadas no organizaron los consabidos festejos, por lo menos, no con la pompa con la que se hacían antes. En esta ocasión, sólo hubo bocadillos y refresco, debo entender sándwiches y coca-cola, que si hacemos verdadera conciencia ya son más mexicanos que los tamales y el atole. La medida se tomó, dada la situación económica que atravesamos, ¿atravesamos Kimosabi? preguntarán todos los políticos que lean este desnaturalizado artículo como nombraba el apache Toro al Llanero Solitario. Sumando a todas las embajadas mexicanas existentes en los países con los que mantenemos relaciones, el gasto representa una gran fortuna. Lo que no dijeron fue si también se suspendían las recepciones oficiales, el palacete con Mercedes Benz incluido, los teléfonos celulares del embajador y otras minucias un poquito más caras, que la susodicha fiesta ofrecida a los paisanos que vivían o se encontraban fuera del territorio nacional en aquellos otros años más benignos. Sin embargo, toda esa parafernalia puede que sea costosa, pero es imprescindible a todo diplomático que se precie.
Pues perdónenme, pero solidario con el personal de lujo de la Secretaria de Relaciones Exteriores, tampoco celebré nada. Me ahorré las banderitas, las cornetas, el sombrero descomunal con su leyenda soez e insolente de “Viva México cabrones” y sobre todo, escapé a una desvelada bebiendo tequila, escuchando rancheras cantadas por mis etilizados amigos, entre uno que otro aullido y al tiempo de observar en la pantalla del televisor a una multitud gritando “vivas” sin saber si Allende es el actor que filma en Hollywood, o aquel pueblo de Guanajuato donde vive puro gringo, o si Aldama era torero o futbolista de las Chivas rayadas del Guadalajara.
No tenemos derecho hablar de independencia, mientras en el patio de al lado nos maten a los que se van, porque aquí no hay modo. O cada once de septiembre, los noticieros pretendan hacernos sentir ofendidos en el fervor nacional por los actos terroristas perpetrados contra los primos.
En México, donde la falta de casta va tan pareja a la estupidez, los padres de la patria, desde Moctezuma hasta Vicente Fox, pueden hacernos gritar “viva” lo que quieran. Sin embargo, sería fantástico auto devolvernos la esperanza y una idea clara de lo que queremos ser, es decir, devolvernos la dignidad. Probar por una vez la conjunción de espíritus, el trabajo esforzado y sin trampas en el empleo de cada quien y en el intento por tratarnos con mayor decencia. Mientras eso no pase, los próximos quince de septiembre que me toquen, yo me iré a dormir y mi único grito seguirá siendo un “ah carajo” de desesperación.
 
 
   
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