Más que lástima, me dan pena ajena por lambiscones. Eso de que sin la inclinación necesaria, algunos sigan al jefe con apasionamiento en sus gustos y aficiones es cosa de tirarse al suelo de la risa. Como todos los seres humanos, los presidentes de la República también dedican su tiempo libre a lo que más les place en la vida. El dignatario actual igualmente tiene sus pasatiempos y así como López Mateos era aficionado a los coches y a las mujeres; o Díaz Ordaz a las represiones brutales y a la Tigresa, hembra que por cierto, se superó supliendo su poca cuna con una ancha cama; o López Portillo se da a los libros y a la pintura. De la misma manera, Vicente Fox es asiduo al caballo. Lo cual está muy bien, México es un país de jinetes por excelencia. Lo digo en serio, aunque estoy consciente de que aquí se jinetea todo, las partidas del presupuesto, la nómina, el fondo fijo, las cuotas sindicales, el dinero de la renta y hasta el gasto.
Pues dale, que al primer mandatario desde hace un año se le ocurrió –esta es la segunda vez que lo hace-, no sé si inventar o solamente es participante de la Cabalgata de la Ruta de Independencia. Paseo que recorre aproximadamente cinco kilómetros culminando en el templo de Dolores Hidalgo, Guanajuato. O sea, que para conmemorar aquella ocasión en que hace ciento noventa y ocho años, un grupo de desarrapados, provistos con palos, piedras y machetes, iniciaba en ese mismo sitio la aventura de la Independencia de España, lo digo así, porque los mexicanos dejamos de depender de los baturros, aclaración imprescindible, puesto que al punto caímos en otras dependencias. El quince de septiembre, justo el lugar, montados en caballos que valen una fortuna, un grupo de centauros celebran la gesta.
Observando las fotografías del periódico uno puede imaginar, casi exactas, las escenas. Pesadilla en la que se multiplican los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Por ejemplo, por la cara de terror de Javier Usabiaga, secretario de agricultura, y por tanto, lo supongo ranchero, se concluye que en su vida había montado a caballo. Se le mira precavido y asustado, no le habla con la misma confianza a su equino que a los patos. Además, adopta una actitud que más que recordar a Pedro Armendáriz en La malquerida, a quien evoca es a Sancho Panza. Sólo que a este escudero si le cumplieron lo de la ínsula. En cambio, por el donaire como viste de charro y la manera de llevar la rienda, Santiago Creel su homólogo de gobernación, se deduce que es hombre de a caballo. Ya manejar los asuntos de este país debe ser algo semejante a jinetear una yegua bruta en la azotea de un edificio. El presidente Fox y el gobernador de la entidad, Romero Hicks, van vestidos de cowboys, ignoro si el tipo de ropa sea una forma de manifestar adhesión a algún pueblo en concreto.
Junto a los jefes, entre charros y vaqueros se perciben los aduladores, melifluos, correveidiles, politiquillos que de cualquier astilla hacen lanzas. Sin embargo, en la foto se les ve tragando paquete, es mayor el miedo a las cabalgaduras que a su natural estado de cretinismo. La vocación de tapetes los dispone a quedar bien con el líder no importa el precio. Tanta inquina les profeso, que los imagino esa noche recostados boca abajo, las vergüenzas al aire, sendas ampollas justo donde el cuerpo rozó con el fuste. Lo disfruto, estos sí que realmente están dando el grito de dolores, de muy fuertes dolores en las nalgas.

 

 

 

 

   
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