A mí en lo particular me gusta más llamarla Puebla de los Ángeles. Liga mejor con los templos y los edificios coloniales que enriquecen su arquitectura, con los parques y las palomas que adornan su paisaje urbano. Designarla así, es más poético. Aquí vivimos entre ángeles, los encontramos por la calle y los cafés, les hablamos, les conocemos, cuando nos ponemos duchos les echamos el guante y a veces, nos casamos con ellos. Además, lo de la leyenda es bello y preferible. Es mejor imaginar que las avenidas fueron trazadas por espíritus celestes del bien, que por los caprichos de aguerridos políticos.
Ahora que si lo del cambio de nombre viene a cuento por tirar un derrote a la figura de Benito Juárez y hacerle el avío a Fray Julián Garcés, el asunto me importa un bledo, pero tiene su trascendencia. Imagínense el “faenón” y llevarse en el palmarés el haber trastocado los designios del mismísimo Benemérito de las Américas. Ovación cerrada de la Santa Puebla y vuelta al ruedo para el alcalde de turno.
En cuanto a quedarle mal al General Zaragoza, el contenido no es tan grave. Hay quien dice que el militar no le entró con fe a los catorrazos y otros comentan que el día de la batalla se encontraba bebiendo en una cantina de Los Remedios y que como a Juan Charrasqueado, tampoco le dio tiempo de montar en su caballo –ese que junto con su amo, el militar, se inmortalizó garboso en bronce y adorna la fuente conmemorativa de la batalla de los Fuertes-dicen que aunque galopó veloz, el General no pudo llegar a dirigir la defensa. Afirmaciones sin fundamento según el que escribe. Lo que sí es cierto y comprobable -se puede leer en los telegramas que el Comandante manda el Ministerio de Guerra, dando parte de la contienda una vez alcanzada la victoria- es una solicitud para voltear los cañones contra Puebla la traidora, porque el 5 de mayo de 1862 nuestros conservadores ascendientes tenían planeado recibir al ejército de la taimada Galia con cohetones, música de viento, baile y banquete. Será por razones de esta índole, que Miguel Miramón está sepultado en una capilla de la catedral poblana.
Personalmente creo que la Historia atiende a conveniencias particulares, que todas las guerras obedecen a razones económicas y políticas, y que les héroes sirven a sus propios intereses. Perdonen el cinismo, pero desde hace un rato largo, no me trago el cuento de los servicios a la patria. Tampoco el argumento de que las iglesias, llámense como se llamen y del culto que sean, sirven exclusivamente a los intereses divinos, opino que  con mayor coquetería le cierran el ojo a los financieros. Por eso, con curas y con gatos pocos tratos, dice castizamente mi amigo Chema y tiene razón.
En los asuntos cívicos acusamos una mansedumbre de solemnidad y en los religiosos una obediencia ciega. Siempre aguantando caprichos, ocurrencias y puntadas. Que Puebla sea de Zaragoza o de los Ángeles da lo mismo, siempre que tengamos los arrestos para demostrarle a los gobernantes que ante todo es nuestra.
 
   
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