Resulta que asisto a una convención en Cancún y nada de mar azul, ni sol, ni playas de arenas blancas. Lo que encontramos fueron unos aguaceros que nos pusieron a rezar La Magnífica, relámpagos que nos dejaban como conejos lampareados y unos ventarrones de “agárrate Catalina que vamos a galopar”. Interrupciones constantes del servicio de energía eléctrica, las lámparas y palmeras del hotel atadas con cuerdas de plástico, ni un gringo a cientos de kilómetros a la redonda, algunos turistas españoles con cara de “rediéz coño” y una compensación en los servicios que incluían mayordomo personal. Hiliberto se encargaba de preguntarme “necesita algo señor” cada vez que me ponía a tiro, y yo que no estoy acostumbrado a sentirme el Señor Shiefield de la nana Fine, única y socarronamente contestaba “sólo que no se te olvide avisarme, cuando llegue la hora de irnos al albergue de la Cruz Roja”. Mayordomo, masaje, baño ruso, sauna y muy buenas comidas acompañadas de vinos europeos, todo gratis, hicieron un poco menos doloroso este encuentro con el mar Caribe siempre tan hospitalario y hoy furiosamente encrespado. Una semana de intranquilidad por el estado del tiempo, sin periódicos, ni televisión son suficientes para desligarse del mundo y al regreso no entender ni jota de lo que esta pasando.
Por eso la lectura de los diarios la hago dosificadamente, porque enterarte de golpe puede producir una locura total e irreversible. Que la señora presidenta –no Gonzalo Vega, sino la verdadera- organizó una reunión con sus colegas de veintidós países, con el fin de compartir las experiencias de los “exitosos modelos” que encabezaban sus “gorditos” para combatir la pobreza. Me tiro al suelo de la risa, sobre todo, con las intervenciones de las primeras damas latinoamericanas. Las imagino felices y sonrientes haciendo compromisos para sembrar, impulsar, promover, alentar, apoyar, fomentar, exhortar, vigilar, defender, estimular, velar y difundir proyectos a favor de los niños pobres del planeta. Claro tonto, me digo, el fin también era encontrar “nuevas alternativas” para terminar con los menesterosos, otras más frescas, además de las utilizadas por el pragmático marido de Laura Bush, o sea, el bombardeo implacable con el objeto de exterminarlos. Bueno, después de las ponencias presentadas por estos ángeles, la vida ha quedado tan bella que Roberto Belligni se muere de envidia y los pobres, lo único que tienen que hacer es decidirse a dejar de serlo.
Otra nota que me deja temblando es la que se refiere a las declaraciones del presidente municipal Luis Paredes, luego de los golpes a siete periodistas. Eso de que son “gajes del oficio” y que “no deben tener la piel tan delgada” obligará a los directores de noticias a contratar a Rambo, a Van Dame, al Santo, a los hermanos Almada y a Lola la Trailera para cubrir la fuente. No pasa nada maestros, en poco tiempo será bien visto arrancarnos los huevos por un quítame estas pajas.
Cierro el periódico, con dos es más que suficiente, el noticiero de las diez se encargará del resto. El Pemexgate y demás corruptelas, las ocurrencias de los perredistas, la invasión a Irak, los ataques israelíes y otras minucias. Asumo que estoy de vuelta, aunque aquí los vientos soplan más huracanados.
 
 
   
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