Aquella tarde faltó presencia y bravura en las bestias y sobró deshonestidad y grosería en los racionales. 

 

Festejos de corte pueblerino en que maletillas y aficionados intentan torear en forma desordenada becerros o novillos descastados o bravucones, las capeas constituyeron hasta mediados del pasado siglo una forma de aprendizaje práctico de la tauromaquia, pero con el surgimiento y multiplicación, sobre todo en España, de las escuelas taurinas, las capeas y su halo tragicómico han ido desapareciendo, o casi.
Eugenio Noel, seudónimo del fino escritor y periodista Eugenio Muñoz Díaz (Madrid 1885-Barcelona 1936), ejerció durante casi tres décadas una fuerte crítica en contra de los festejos taurinos, tan justificada en varios aspectos como simplificadora en otros, pues consideraba a la tauromaquia como una de las causas de cuantos males padecía su país a principios de la pasada centuria.
Escritor y polemista incendiario, Noel recorrió España y varios países latinoamericanos como furibundo conferenciante antitaurino, no en la época del Zotoluco y Ponce, sino en la de Joselito y Belmonte, denunciando la vulgaridad de una barbarie de falso torerismo, distractora además de los graves problemas sociales que aquejaban al grueso de la población española. Entre sus libros de ensayos y crónicas destaca el titulado precisamente Las Capeas (reeditada por Ediciones El Museo Universal, Madrid, 1986) donde con derroche de estilo, ironía y percepción denuncia los lamentables festejos seudotaurinos en tantos poblachos, antes que por crueldad por la falta de opciones de esparcimiento, es decir, de educación.
Habilidosa, inteligente y encastada fue la tauromaquia que décadas más tarde permitiría al salmantino Pedro Gutiérrez Moya El Niño de la Capea escalar los más altos niveles de la torería, tanto en su país como en el resto del mundo taurino. Lenguas se hacen los aficionados madrileños con la faena de Pedro al codicioso Cumbrerillo de Victorino Martín, la tarde de su encerrona en la tradicional Corrida de la Prensa en Las Ventas, el 28 de junio de 1988, ya con 16 años de alternativa y poseedor si no de un gran sello sí de una técnica y un temple afinados con el noble toro de aquí en sus reiteradas campañas mexicanas y que le permitirían cinco puertas grandes en el coso madrileño.
Pero esta inteligencia de Pedro no lograría impedir que su único hijo varón, Perico, de discreta expresión, decidiera tomar la alternativa el 16 de agosto de 2004. Sin embargo, buen cuidado tendría El Capea de no ser él quien se la diera en ninguna plaza española -allá los niveles de cachondeo todavía no alcanzan las cotas de excelencia acá logradas por los autorregulados- pero sí de confirmársela sin el mínimo pudor torero ni respeto por su trayectoria, en su querida Plaza México, el 5 de diciembre de ese año frente a impresentables novillones y aprovechando la falta de autoridad taurina y de imaginación empresarial que hace tiempo nos cargamos. Pero ni los Capea, ni el ganadero Teófilo Gómez, ni el antipromotor de la plazota, ni el juez Eduardo Delgado, ni la aplaudidora gente bonitonta que apenas hizo media entrada pudieron extasiarse con el remedo de espectáculo que montaron padre e hijo: faltó presencia y bravura en las bestias y sobró deshonestidad y grosería en los racionales. Esa misma que tanto aborreció Eugenio Noel. 
   
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