Entre las muchas cosas que ignoran o, peor, que no les interesa tomar en cuenta a estos multimillonarios metidos a modestos promotores de la Fiesta en México, y sus gerentes de bajo perfil, es que las empresas exitosas tienen además la responsabilidad social de hacer del mundo un lugar mejor... 

 
 
 
Así como hay muchas maneras de engañar al toro, los taurinos, los que viven del negocio taurino, tienen otras tantas de autoengañarse: las empresas alardean de arriesgar su dinero, los criadores de reses se empeñan en un toro sin bravura pero repetidor, los toreros se afanan por torear bonito, la crítica positiva insiste en “no hacerle daño a la fiesta”, y la autoridad, negligente y rebasada, procura desentenderse.
Ah, y desde la cima del miedo los antitaurinos sueñan con hacer del planeta un mundo menos violento si desaparecen las corridas, según Leonardo Anselmi, principal subvencionado por los agentes del pensamiento único y por otros voceros igualmente estimulados. A los neotaurinos pues les pareció anticuado venerar la milenaria deidad táurica y el misterioso encuentro sacrificial entre dos individuos fue reducido a un mal diseñado marketing, para contento de los protectores de mascotas.
No creo equivocarme al afirmar que en toda la historia de la tauromaquia nunca había habido en el mundo unos empresarios más adinerados que los que hace décadas manejan el duopolio taurino en México, determinando conceptos, políticas, planeación, estímulos, competitividad, manejo de imagen, diseño de carteles, publicidad, mercadotecnia y espíritu de servicio. El rigor de resultados financieros y artísticos nunca lo han necesitado, habida cuenta de que su inversión y utilidades no requieren de la asistencia masiva de públicos –igual que en el futbol que toleramos- y su idea feudal del espectáculo se basa en el voluntarismo, los antojos, las imposiciones y la endémica dependencia de diestros importados.
Entre las muchas cosas que ignoran o, peor, que no les interesa tomar en cuenta a estos multimillonarios metidos a modestos promotores de la Fiesta en México, y sus gerentes de bajo perfil, es que las empresas exitosas tienen además la responsabilidad social de hacer del mundo un lugar mejor, y no de tomarlo como mera oportunidad para multiplicar utilidades incluso a partir de conceptos tan pueriles como: ‘la Fiesta soy yo y hago con ella lo que me parezca’.
Desde esta perspectiva, es indiscutible que México carece hace tiempo de empresas taurinamente responsables, una vez que los promotores multimillonarios eligieron el ancho carril de la autorregulación, que a las autoridades en turno –del partido de su preferencia– les vino muy bien quitarse el problema taurino de encima, y que el público se acostumbró a una oferta de espectáculo hecha de espaldas a él y a la Fiesta.
La pérdida de posicionamiento del espectáculo no se debe al movimiento animalista patrocinado por el imperio gringo y sus aliados. Es básicamente un problema de falta de grandeza taurina y de óptica empresarial, que prefiere, al modo neoliberal, importar figuras en vez de producir y estimular una baraja nacional capaz de superarlas delante del toro, no de su remedo, en todos los escenarios del mundo.
 
   
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