En este sentido, esa manera de mirar las cosas taurinas sí que tendría seguidores en nuestro medio hasta desembocar en la ofuscada actitud de postración psico-ideológico-taurina de los mexhincados, esas legiones de profesionales, aficionados y públicos que valoran a los diestros españoles por su origen antes que por su ética y su estética delante del auténtico toro criado en nuestro país, aumentando la dependencia taurina, justificando ventajismos y reforzando complejos.

 
 
 
A taurinos y aficionados siempre les resulta más fácil invocar a Pepe Alameda que leerlo y cuestionarlo. Sencillamente es “el Maestro”, es decir, el que en vida dictaba cátedra, descubría y orientaba, el que supuestamente más sabía de toros. Y con ese título vivió el culto y elocuente pero no menos cuestionable cronista y escritor taurino hispano-mexicano.
         Ahorcado con el mecate de su creciente fama en México, Alameda permaneció instalado los últimos 50 años de su vida en el mausoleo de su autoridad indiscutible en tauromaquia, con pocos o ningún cuestionamiento por parte de autores taurinos ni de intelectuales.
         Vaya, le ocurrió lo que a las figuras mexicanas de finales del siglo pasado con relación a España: prefirió los aires tibios del ingenuo Altiplano a la guerra de ideas taurinas con relación a la Península y su temeraria política colonialista en el resto de los países. Y al igual que nuestros ases de las últimas décadas, Pepe acusó también los efectos de la comodidad como analista sesgado de la fiesta brava de nuestro país y su amafiada estructura.
         Desafortunadamente en México aficionados, políticos y taurinos leen poco y procesan menos, por lo que endilgarle a Alameda el adjetivo de maestro –que lo fue en más de un  sentido– significaba dos cosas más o menos graves: la primera, que todo lo dicho por él debía aceptarse a pie juntillas, y la segunda, aún peor, que su amplia obra y particular visión no podían ser puestas en duda.
         Luis Carlos José Felipe Juan de la Cruz Fernández y López-Valdemoro, rebautizado por él mismo en México como José Alameda (Madrid, 24 de noviembre de 1912-ciudad de México, 28 de enero de 1990), arriba a nuestro país en marzo de 1940, a los 27 años, antes que por afán de conquista por los desastres de la guerra civil española y por azares de la vida. Como otros antecesores y contemporáneos suyos, llegó, vio y venció, luego de medir las pastueñas embestidas de intelectuales y taurinos.
         En 1944  deslumbra a los aficionados cultos de nuestro país y a no pocos intelectuales de aquí e inmigrantes deliberadamente distanciados del fenómeno socio-cultural de la tauromaquia, con su ensayo Disposición a la Muerte, dedicado “a José Bergamín, con admiración y disconformidad”, y publicado en el número 20 de la revista El Hijo Pródigo, que dirigía el poeta y también taurófilo Xavier Villaurrutia. En 1953 publica su erudita conferencia El toreo, arte católico, cuidadosamente editada aunque con un pliego alterado, por el Casino Español de México cuando éste fomentaba un acercamiento hispano-mexicano verdaderamente reflexivo.
         Sin escapar a los deslices zalameros y a los agradecimientos obligados, esos textos iniciales exhiben ya una perspectiva cultural que sitúa a la tauromaquia en su vasta dimensión humana. Y en esa ocasión Pepe, con la frescura de sus años y la hospitalidad del país que lo había acogido, confesaría: “Una cosa es el afecto natural por lo que nos es propio y otra muy diferente creer que nuestro pueblo, nuestro barrio o nuestra casa, son el ombligo del mundo”.
         Desde entonces su agradecimiento inicial no sustituirá la nostalgia y será la primera y última vez que Alameda abandone el hispanocentrismo que, como al grueso de la inmigración republicana española, lo acompañará toda su vida, ese recuerdo punzante por la tierra que lo vio nacer y que lo hará comparar sistemáticamente las expresiones taurinas de México con las de España, si bien desde una óptica que concedía a las primeras sólo una aproximación a “lo auténtico”, sin superar el criterio colonizador de que los orígenes eran “lo verdadero” y las expresiones mexicanas mera copia del original y no manifestación genuina de un carácter y una identidad propios a través del toro bravo aquí criado.
         Pero en casi cinco décadas, prácticamente nadie se atrevería a contradecirlo mediante la observación rigurosa de sus ensayos, sugerentes y polémicos, como corresponde a toda obra inteligente. Los autores veracruzanos Rubén Salazar Mallén y Rafael Solana algo cuestionaron en la prensa algunas ideas alamedanas, y el debate sostenido por televisión con el escritor y animalista Carlo Coccioli, además de refutar e ilustrar, sirvió para que Pepe desplegara sus amplios recursos en el arte de argumentar.
 
¿Mexhincadismo o taurinismo?
En este sentido, esa manera de mirar las cosas taurinas sí que tendría seguidores en nuestro medio hasta desembocar en la ofuscada actitud de postración psico-ideológico-taurina de los mexhincados, esas legiones de profesionales, aficionados y públicos que valoran a los diestros españoles por su origen antes que por su ética y su estética delante del auténtico toro criado en nuestro país, aumentando la dependencia taurina, justificando ventajismos y reforzando complejos.
         Y luego la espléndida capacidad de improvisación de Alameda tras el micrófono en aquellas crónicas taurinas por televisión, en las que su subjetivismo para ver una corrida era aderezado con la erudición de sus citas y la elocuencia de su verbo. Y más libros publicados –Los arquitectos del toreo moderno, Los heterodoxos del toreo, Seguro azar del toreo y La pantorrilla de Florinda y El hilo del toreo, entre otros– y más programas y nuevos espacios periodísticos, mientras los escritores mexicanos, taurinos y no, acumulaban indiferencia o envidia, y más cátedra no cuestionada –lo peor para un catedrático es que nadie le discuta– y más prestigio, lo que a la postre allanaría el camino para llevar demasiado en paz la fiesta de los toros en México.
         Es decir, junto a la perspicacia de Alameda sus cuestionamientos y su crítica a discreción, evitando todo exceso y sin poner el dedo en la llaga, dejando que el espectáculo taurino tomara el rumbo que unos cuantos poderosos –empresarios, ganaderos, figuras y críticos– fijaran, cada vez más de espaldas al reglamento y al público y paulatinamente alejados del eje de la fiesta: el toro bravo con edad, trapío y sus astas íntegras. Pero el que más sabe más se obliga, tanto a iluminar conciencias cuanto a denunciar apariencias, y en este sentido Pepe cometió por lo menos un consuetudinario pecado de omisión.
         En dos ocasiones crucé palabra con él. La primera en el desaparecido restorán Tío Luis, de don Pedro Yllana, donde Alameda, ya con varios coñacs encima, me reveló: “Sepa usted que la fiesta de los toros privó a la literatura del poeta Carlos Fernández”. Y la segunda, cuando me prometió, sin cumplirlo, un ensayo sobre la vestimenta torera para la revista Vogue México, de la que fui coordinador editorial.
         Luego de su muerte vinieron las acrobacias de la necrofilia que alaban y encumbran la obra de alguien sobre todo por la circunstancia de haberse muerto. Pero a pesar de sus deliberadas omisiones, el inteligente trabajo de José Alameda merece bastante más que eso.
         Como ocurre con todo difunto pensante, si de verdad se pretende honrar su memoria, si se le quiere admirar con la cabeza y el corazón y no con las rodillas, si hay el propósito serio de aprovechar su personal y enriquecedora literatura taurina, lo menos que se puede hacer es estudiarla, analizarla, cuestionarla y ubicarla.  
         Con motivo de su partida física, escribí en 1990 que, si en vida del autor no se habían llevado a cabo, por lo menos a partir de su fallecimiento se instituyesen anualmente unas Jornadas Taurinas Alamedanas, en las que la reflexión, el debate y las ideas de altura en torno a su obra sirvieran para reconocer en ésta el sentido histórico-cultural y taurino que poseen, siempre y cuando los participantes no creyesen que disentir es ofender y menos faltarle al respeto al solitario maestro. Sin embargo, nadie ha logrado organizar esas jornadas, incluidos sus incontables admiradores y seguidores. En todo caso, y dado el creciente debilitamiento del espectáculo taurino, a la postre resultó discreta la contribución de la obra de Alameda a la pobre evolución del toreo en nuestro país.
 
 

 

 

   
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