Cuatro películas con ribetes taurinos se animó a hacer la Félix, si bien en ellas no afloraron sus exigencias y antojos para cuidar siquiera que los argumentos tuviesen cierto decoro en lo que a la fiesta de sus amores se refería...
 
Dentro de la modesta filmografía mexicana relacionada con el tema taurino –cerca de 70 cintas, fallidas la mayoría, cuatro versiones de Santa, las dignísimas Torero, Arruza y Ni sangre ni arena, así como documentales diversos, entre los que destacan las interesantes escenas de Eisenstein con el matador David Liceaga en el episodio “La Fiesta” de su inconclusa película ¡Que viva México!- mención obligada en estos momentos de duelos emergentes y cultos oportunistas merecen aquellas en que intervino María Félix.
Si bien La Doña siempre alardeó de su afición a la fiesta de los toros, su asistencia a las corridas no fue sino otra vertiente de su incontenible y eficaz culto a sí misma, de esa extraordinaria habilidad suya para lucirse, exaltarse y ponerse al mundo por sombrero, aunque a veces no le sentara del todo bien.
Primero del brazo de su amigo el entonces incipiente actor Ernesto Alonso, hermano del finísimo Alfonso Ramírez Calesero, se empezó a dejar ver en las barreras de El Toreo de la Condesa, a principios de los cuarenta la otra plaza más importante del mundo, junto con Las Ventas. Luego al lado de San Agustín Lara, santo laico mexicano y su segundo esposo, en barrera de primera fila en la descomunal Plaza México, María, enguantada y luciendo abrigos de mink, veía celosa que eran más frecuentes los brindis al Flaco de Oro que a ella, cuya belleza inspiraba a Lara tanto como las faenas de Silverio, de Armilla o de Garza, pero no más.
Tras el paréntesis “primermundista” de la Félix con su cuarto y último marido, el potentado francés Alex Berger, que prefirió aficionarla a los caballos pura sangre, a los hipódromos y a las joyerías parisinas, La Doña esporádicamente aparecería en algún coso, si bien añadiendo ahora a su inigualable look atejanados sombreros y delgados puros con boquilla.
Incluso en un programa de televisión sostuvo que había presenciado la cogida mortal de Manolete en Linares, la tarde del 28 de agosto del 47, lo que resulta bastante dudoso, ya que ese año María hizo en México tres películas: La diosa arrodillada, Río Escondido y Que Dios me perdone. Pero la duda quedará despejada cotejando las fechas de filmación de dichos títulos con la de la muerte -¿o asesinato?- del Monstruo de Córdoba, con quien por cierto nunca se retrató aunque la actriz afirmara que fueron amigos.
La Doña añadió a su cuenta un romance con el famoso diestro Luis Miguel Dominguín, lo cual resulta más verosímil ya que el padre de Miguel Bosé fue un homme fatal en el sentido estricto de la palabra. En contraste, no se le conoció un solo amigo entre las figuras nacionales de los ruedos, seguramente porque le resultaron poco cosmopolitas o de menor impacto para su cada vez más consolidada imagen. En todo caso, no sería ella la que sirviera para reforzar la imagen de ningún hombre, y menos la de un torero mexicano. Haberse reunido en Madrid con Manolo Martínez, fue algo  ocasional.
Cuatro películas con ribetes taurinos se animó a hacer la Félix, si bien en ellas no afloraron sus exigencias y antojos para cuidar siquiera que los argumentos tuviesen cierto decoro en lo que a la fiesta de sus amores se refería, prueba evidente de que, con respecto al arte del toreo, María no fue una conocedora o una aficionada seria que percibiese más allá del oro, la seda, la sangre y el sol.
En 1953 hace Camelia, una retorcida versión taurina de La dama de las camelias dirigida por Roberto Gavaldón, en la que María torea –con la misma tiesura que caracterizó sus limitadas dotes histriónicas- una vaquilla en el campo. Cinco años después protagoniza La estrella vacía, de Emilio Gómez Muriel. Mientras sus amigos esperan noticias de ella luego de que sufrió un grave accidente, alguien evoca cuando un torero le brindó a la estrella y el representante de ésta inventó que ambos eran novios, aprovechando que el diestro había muerto en el ruedo.
Luis Buñuel intenta dirigirla en Los ambiciosos (1959), film poco conocido en el que La Doña alternó con Gerard Philipe. No obstante la taurofobia buñueliana, en una secuencia la protagonista asiste con un dictador a una corrida, lo que aprovechan los conspiradores para derrocarlo. Quizá por eso nuestros mandatarios se han vuelto ataurinos. Y al año siguiente estelariza Juana Gallo, culebrón de Miguel Zacarías que en su exaltación del personaje de María la pone a hacer el Tancredo –quedarse inmóvil en el centro del ruedo una vez que el toro ha saltado a la arena-, trance del que obviamente Juana sale indemne, para vergüenza de los medrosos revolucionarios. 
La última vez que La Doña asistió a la Plaza México fue el 10 de marzo de 1996, a invitación del entonces embajador de Francia, y los cuatro alternantes le brindaron su primer toro. No obstante reiterar que su amor por la fiesta brava no había disminuido, abandonó el coso antes de que saliera el octavo de la tarde, Media Luna, de Fernando de la Mora, que merecería el indulto tras lucida faena de El Conde. Pero eso ya no lo vio María, al igual que tantas otras cosas a lo largo de su afanosa y excepcional existencia.
   
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